—Tendrás un hijo.
Y se fué tan ligera, que la reina no pudo comprender por dónde. Excusado es decir lo contenta que quedó la reina Serafina con la promesa del hada, y mucho más cuando vió que salía cierta, y que le nacía un hijo varón, robusto como un pino y hermoso como el sol mismo. Las fiestas y regocijos que por tal acontecimiento celebró el reino de Colmania no pueden escribirse en veinte volúmenes. Baste decir que en las plazas públicas de las ciudades se pusieron unas fuentes de cinco caños de oro purísimo, y por un caño manaba vino generoso, por otro leche azucarada, por otro rubia miel, por los dos restantes agua de olor y licor de guindas. De estas fuentes podía beber todo el mundo, y llenar jarros y barriles para llevárselos á su casa. Pero la diversión que más gustó á los colmanienses fueron unas luminarias monstruosas que se colocaron con gran dispendio en la cumbre de los altos montes, y que trazaban en letras de fuego los nombres de Bonoso y Serafina. Hasta en la superficie del mar se pusieron tales luminarias, valiéndose para ello de muchos barcos, que cada uno iba envuelto en un globo de luz de distinto color, y que se situaron de manera que dibujasen sobre las aguas tranquilas una gigantesca B y una S enorme. Pero ¿quién me mete á mí en narrar tales fiestas? No acabaría el año que viene. Dejémoslas, y vamos á la alcoba de la reina Serafina, en donde se halla la cuna de marfil, incrustada en esmeraldas, del pequeño Amado (porque por unanimidad se dió al recién nacido este nombre). En aquel instante acababan de salir de la alcoba todos los ministros, títulos, generales, altos funcionarios y notabilidades de Colmania, que habían venido á cumplir la etiqueta besando respetuosamente la manecita que Amado, dormido como un santo, dejaba asomar por entre los ricos encajes de la sábana. Cuando desapareció en el umbral de la puerta el último faldón de frac bordado y el último uniforme, el rey Bonoso y la reina Serafina se dieron un abrazo para desahogar el júbilo, que no les cabía en el pellejo. Estaban así abrazados y llorando como unos bobos, cuando he aquí que de pronto se les presenta el hada del Deseo cumplido. Venía más guapa que nunca: su traje brillaba como la luna misma, y el pelo suelto y negrísimo flotaba por sus hombros y caía hasta sus piés; en la cabeza lucía una corona de estrellitas que no se estaban quietas, sino que temblaban, temblaban como tiemblan de noche las estrellas en el cielo. El rey Bonoso iba á hincarse de rodillas ante el hada, pues no ignoraba que le debía su dicha; pero el hada, extendiendo la varita sobre la cuna, le dijo:
—Rey de Colmania, por aumento de bienes voy á dar á tu hijo hermosura, inteligencia y buen carácter; ahora á ti te toca educarle de manera que sea feliz.
Y el hada, bajándose, besó tres veces suavemente al príncipe en los ojos, en la frente y en el corazón. No se despertó el niño, y el hada desapareció otra vez de la vista del rey y de la reina.
Quedáronse los reyes medio atortolados, gozosos con los dones que el hada otorgara al niño, pero cavilando en aquello de educarle de manera que fuese feliz. El hada lo había dicho con un tono solemne que daba en qué pensar, y los reyes, que un momento antes no se acordaban sino de mirar á Amadito, y comérsele á besos, ahora se quebraban la cabeza discurriendo métodos de educación.
El rey Bonoso, que no tenía la vanidad de creerse más ilustrado que todo el reino junto, abrió inmediatamente un concurso ofreciendo premios á los autores que más á fondo tratasen y mejor resolviesen la cuestión de cómo se debe educar á un niño para que sea feliz. Emborronáronse con tal motivo más de 8,000 resmas de papel, y se imprimieron arriba de 24,800 Memorias, llenas de preceptos higiénicos y de sistemas muy eruditos, muy elegantes, pero que no sacaron de dudas al rey. Este convocó entonces á todos los sabios de Colmania y los reunió en su palacio á fin de que discutiesen y ventilasen el punto, prometiéndose atenerse á las decisiones de tan docta Asamblea. Allí se juntaron sabios de todos colores y clases: unos sucios, vestidos de andrajos y con luengas barbas; otros afeitados, peinaditos y con quevedos de oro; unos viejos, amarillos, sin dientes, que todo lo hallaban difícil y malo; otros jóvenes, petulantes, que para todo encontraban salida y respuesta. Abierto el debate sobre la educación del príncipe Amado, se emitieron los pareceres más diferentes: unos opinaban que, para hacerle feliz, convenía enseñar al príncipe á mandar desde la niñez, con lo cual no le pesaría más tarde la corona en las sienes; otros, que era preciso adiestrarle en las armas para que adquiriese renombre de invencible; y hasta hubo un sabio que propuso que, para la dicha del príncipe, lo mejor era estrellarle la cabeza contra un muro, pues, no teniendo pecados, se iría de patitas á la gloria; por cuyo dictamen la reina Serafina mandó que sus criados arrojasen al sabio por las escaleras á empellones. En suma, el rey no sacaba más en limpio del Congreso de sabios que de las Memorias del concurso, y entonces resolvió tentar el extremo opuesto, es decir, llamar á una porción de mujeres sencillas del pueblo y consultarlas acerca del caso. Esta vez no hubo discordia; todas las mujeres opinaron que la felicidad consistía en poseer cuanto se deseaba, sin restricción de ninguna especie, y que, por consiguiente, el modo de hacer dichoso al principito era cumplirle todos, todos los gustos, y bailarle el agua delante. El consejo satisfizo por completo al rey Bonoso, que estaba muerto por mimar á su hijo; á la reina, que ya lo mimaba desde que nació; á las damas, pajes y servicio de Palacio, que andaban bobos con las gracias del chiquitín, y á todos los colmanienses, que idolatraban en su príncipe Amado. Arreglada así la cosa, nadie volvió á acordarse de la advertencia del hada, y todo el mundo se entregó al placer de adivinarle los antojos al recién nacido, que pocos tenía aún.
II
Creció Amado en medio del cariño universal, y sus juegos y sus ocurrencias traían embelesado el reino entero. Por supuesto que, consecuentes con el programa de educación que adoptaron, sus padres prevenían los más mínimos caprichos del heredero; y si en la época de la lactancia no le dieron dos amas en vez de una, fué porque los médicos de Palacio declararon que tal exceso podría comprometer su salud. No bien el príncipe comenzó á interesarse por los objetos exteriores, le pusieron entre las manos cuánto señalaba con su dedito; y como llega una edad en que los niños quieren tocar á todo, no hay que decir las preciosidades que hizo añicos, sin saberlo, el príncipe. En sólo una mañana destrozó la colección más rica de porcelanas y esmaltes que poseía Colmania, y que se guardaba en el Museo de los reyes como tesoro artístico inestimable. También tuvo el placer de reducir á fragmentos unos abanicos delicadísimos de nácar y marfil, regalo de boda que estimaba mucho la reina Serafina, y unas sabonetas muy curiosas que el rey Bonoso se entretenía en arreglar y poner en hora diariamente; sin hablar de las flores exóticas que arrancó en el invernadero, ni de los libros raros y únicos que rasgó en la biblioteca. Al empezar la época de los juguetes, ya se comprenderá lo pronto que Amado se aburrió de trompos, pelotas, cuerdas, soldados de plomo, tambores y otras baratijas comunes; todos los días pedía juguetes nuevos y distintos, y he aquí que Colmania se puso en conmoción para idear novedades que distrajesen al príncipe. Llamados de real orden, acudieron á Palacio los mecánicos más hábiles, y se dieron á discurrir creando muñecas que hablaban, cantaban y bailaban; bueyes que pacían, borricos que rebuznaban y multitud de artificios semejantes; pero sucedió que Amado hacía ya muecas de desdén á cada invención; y, por último, una noche, habiendo visto la luna, que apacible y majestuosa se reflejaba en un estanque, se empestilló en pedir aquel juguete, que le gustaba más que todos. Al verle patear y llorar, el rey Bonoso se puso casi de rodillas ante el mejor mecánico, rogándole que, por Dios, hiciese una luna falsa para aplacar á Amado con ella. El mecánico labró un lindo disco de plata muy reluciente, y haciendo como que se inclinaba al estanque para recogerlo, lo entregó al príncipe. Pero éste, que, según la promesa del hada, no tenía pelo de tonto, siguió gimiendo y asegurando que aquella luna era de mentirijillas y que no alumbraba como la otra. En semejante ocasión es fama que el mecánico, anticipándose mucho á los adelantos de la ciencia moderna, descubrió una aplicación de la luz eléctrica por medio de la cual logró que el disco esparciese una claridad suave como la de la luna, y contentó á Amado, haciéndole creer que poseía realmente el astro nocturno.
Pisando así sobre rosas, y viendo prevenidos sus deseos más leves, fué el príncipe haciéndose de párvulo niño, y de niño mancebo, y cumpliendo los diez y ocho años sin haber aprendido cosa de provecho; porque, es claro, como su primer movimiento fué negarse á trabajar y á estudiar, nadie soñó en insistir ni en molestarle. Por otra parte, su buena memoria y su natural despejo suplían un tanto á la instrucción que le faltaba; y como era, además de listo, muy guapo, rubio como unas candelas, con unos ojazos azules que daban gloria, toda Colmania consideraba á Amado el más perfecto de los príncipes.