—Pues cuidado cómo te arreglas... El cuerpo altito... no quiero que nadie se divierta á cuenta mía.

—¡Jesús!—exclamó la modista.

Y diez pasos antes de llegar al portal, soltó el brazo de Ramón y echó á andar rápidamente, murmurando:

—Hasta luégo.

Penetró en el edificio. El recinto del teatro se hallaba todavía á oscuras, y en los pasillos, el conserje barría con afán las puntas de cigarro y los fragmentos de papel. En el escenario ardía un quinqué puesto sobre una consola, y dos ó tres candilejas, prevenidas para alumbrar el ensayo. Concha se adelantaba medio á tientas por el final del corredor, cuando un hombre le salió al encuentro, muy apresurado y afectuoso, y le dijo cogiéndole ambas manos y estrujándoselas en expresivo apretón:

—Hola, Conchita, hola... Bien venida, hija mía... ¿Qué tal? ¿Se ha repasado? ¿Hemos olvidado el papel? Por aquí, no tropiece Vd... Eso es... Ya estamos.

—El papel me parece que lo he de saber, señor de Gormaz—afirmó Concha, quitándose el mantón y el manto al entrar en el escenario. Hola, chicas—añadió saludando á dos mujeres que, sentadas en un sofá, repasaban en voz baja, con un rollo de papeles en la mano.

—Abur—le contestaron no muy cordialmente las interpeladas.

Gormaz, previa una fricción que hizo chascar sus palmas, se dirigió á las repantigadas actrices:

—Repasen, eso es, un poquito, mientras no vienen los caballeros... Siempre son los últimos.