Entre bastidores estaba la serpiente del florido ramo que con tanto deleite respiraba Concha. Sus dos eclipsadas rivales, que en el tercer acto apenas tenían que salir á la escena, desquitábanse hablando fuera de ella á su sabor. En el corrillo inevitable que se forma en semejantes sitios, estaban los amigotes y los parientes de las desdeñadas: ¡y cómo se esgrimían allí las lenguas! Todo salía en la colada, la actitud de Estrella, la petulancia de la chica, la precipitada fuga de Ramón avergonzado de las cosas que oía en las butacas á causa del inconveniente escote de su novia, la disputa en el entreacto... Gormaz, arrimado á no sé qué accesorio, se roía las uñas, deseoso de intervenir en la conversación; pero impedíale hacerlo el temor de recibir alguna rociada, acusándole de haberlas deslucido, á ellas, Rosalía y Julia, poniendo todo su conato en ensayar á Concha solamente.

Hubo un momento en que el formidable corro calló de golpe: era que Dolores, deseosa de echar un ojo á la escena, rondaba por allí. Y entonces menudearon los codazos y los chsss! significativos. Resonó en el teatro una nueva salva de aplausos y su ruido dió al traste con la prudencia de las dos artistas postergadas. Dolores, haciéndose la distraída, lo oyó todo.

Al salir Concha de la escena, contrastaba el semblante de las dos hermanas, vertiendo satisfacción el de la menor, ceñudo el de la mayor. Concha, sin repararlo, se echó casi en brazos de Dolores, con alegría de chiquilla.

—¿Has visto cómo me aplaudieron? has visto?

—Anda, anda, ven á desnudarte—murmuró la hermana extendiéndole por los hombros una toquilla y empujándola al tocador.

Apenas estuvieron en él, al desabrocharle el cuerpo, le dijo en voz baja:

—¿Y Ramón? ¿Es verdad que no está en el teatro?

—Jesús, mujer... ¿qué sé yo? Aguarda... Sí, me parece que salió...

—¿Que salió? ¿Á dónde? ¿Cómo es eso?

—Siendo!! También es fuerte cosa que yo te lo he de decir!