Me sentía rendidísimo y no quise confesarlo, porque me avergonzaba de mi poco vigor ante la robustez del notario, la agilidad galguesca del señorito y la jovial ligereza del cura. Hasta los perros volaban delante, gozosos, en su elemento, volviendo de cuando en cuando sus cabezas inteligentes á ver si los seguíamos. De pronto el Pistón y la Gineta se pararon, con las patas de delante inmóviles y un leve y nervioso meneo de cola. Su piel se estremecía de impaciencia y de entusiasmo. ¡Entra, Pistón! ¡Entra, Gineta! ¡Ahí, Chonito! Entraron impetuosamente en el brezal, y salió la bandada con formidables aleteos; sonaron tres tiros, y luégo otros tres; por último salió rezagado el mío, y se perdió inofensivo en el aire, haciendo reir á mi costa. Los canes portaban las víctimas, desviando delicadamente sus dientes blancos para no deshacerlas, y aquí de las exclamaciones: «¡Un pollo! ¡ Un pollo! ¡Esta es una vieja, un macho viejo!» Y los cazadores apartaban con los dedos la abigarrada pluma, palpando la carne gruesa, tibia aún con un resto de calor vital.
¡Gracias á Dios! murmuré para mi sayo cuando nos recogimos á una robleda donde nos aguardaba la comida, y, sobre todo, el reposo. Maripepa y Manuel, el mozo de granja, nos esperaban allí; entregamos á Manuel la caza por aligerar los morrales, y él nos mostró con aire de triunfo un objeto que pendía de sus tres dedos sanos, y que al pronto me pareció un haz de helechos, hasta que ví entre las dentadas hojas verdes asomar unos cuerpos de pez argentados y húmedos. ¡Truchas soberbias, truchas de las famosas del Avieiro!
Manuel explicó que las había cogido tempranito, al rayar la aurora, por medio de la nasa, especie de cesto muy hondo. Con la alegría de verlas se me quitó el cansancio, y ordené á Manuel que fuese por unas parrillas á la rectoral de Naya, que estaba á un tiro de fusil; al oirme hablar de parrillas, Manuel se encogió de hombros, se eclipsó, y volvió á poco rato trayendo una ancha losa de pizarra que tendió en el suelo, y al rededor de la cual puso rama de pino, mucha rama, prendiéndole fuego después. Así que la rama ardió y se hizo brasa, colocó encima de la candente pizarra las truchas, que empezaron á asarse lentamente, soltando su grasa finísima. ¡Qué buenas estaban! El más exigente gastrónomo se chuparía los dedos.
Con la golosina de las truchas comí bien, y al volver á ponernos en marcha para buscar otro bando de perdices que debía encontrarse, según noticias, en un escarpadísimo barranco, cátate que empieza á caer llovizna menuda y á cerrarse la tarde en niebla, y yo, bastante desabrigado, á experimentar la penosa sensación del frío sordo y penetrante, que se nos cuela hasta los huesos. La terca lluvia no cesaba, y estábamos á legua y media de Fontela, y no me defendía, como á mis compañeros, una especie de coleto de badana, ni unas polainas de cuero. Llegué tiritando á casa y me acosté yerto; á poco se declaró la calentura, y aun creo que el delirio; por lo menos la incoherencia en el hablar. Yo me agitaba, quería destaparme, y después me quedaba postrado. Así corrieron dos semanas.
He conocido en esta ocasión que aquí es la gente muy buena y cariñosa; no sabes la compañía que me hicieron por turno el notario, el señorito y el cura; me trajeron al médico de Cebre, viejo practicón que me recetó friegas y sudoríficos (¡qué diría Sánchez del Abrojo si tal supiese!), y trabajo me costó impedir que el notario, á puros refregones, me arrancase la piel. Á falta de los amigos, Maripepa me asistía, velaba y daba bebistrajos y medicamentos ridículos: un huevo muy batido con azúcar y disuelto en leche, agua hervida con miel, mil porquerías.
Me acostumbraron mis enfermeros á jugar una partida de tresillo para entretener el forzoso encierro de la convalecencia, y todas las tardes lo jugamos en la mesa de la cocina, cerca del fuego del hogar, escuchando el ruido pausado de la lluvia y el medroso silbido del viento, pues ya el veranillo pasó y reina la invernada más húmeda y nebulosa que imaginarte puedas. Por no interrumpir la animada partida, sacamos el caldo del pote con nuestras propias manos, y cenamos al amor de la lumbre sin dejar de jugar. ¿De qué se habla? Generalmente, del codillo ¡de solo! que se mamó el cura, ó de la bola que le cortaron al señorito con el caballo de bastos. Á veces, de perdices, de codornices, de ferias ó de política; el notario es sagastino, porque tiene un tío que recibe de Sagasta instrucciones electorales; el señorito y el cura ya sabes de qué pié cojean; yo, que aspiro sólo al progreso y bienestar de España, les sermoneo á todos, y todos se ríen de mis utopias.
Te diré con franqueza que si por algo me desagrada esta tertulia campestre, es por ciertos desmanes del notario con Maripepa. No puede la pobre muchacha entrar en la cocina sin que la hostigue, la arrincone y la persiga de mil maneras indecorosas. Si los deberes de la hospitalidad y la gratitud que en el fondo me merece este gaznápiro no me atasen las manos, le daría una lección de la cual le quedase memoria. ¿Cómo he de consentir que á mi vista ofendan á una mujer, siquiera sea á la más humilde? Con la lengua defiendo á Maripepa calurosamente, reprendiendo las feas acciones del notario; mas es predicar en desierto, porque la idea de que en Maripepa hay algo acreedor á respeto no arraiga en el obtuso magín de este Don Juan de aldea.
Puede que tú también te rías viéndome metido á redentor; considera, antes de mofarte de mí, que aparte de mis principios humanitarios, le tengo ya á Maripepa cierto cariño desde que me asistió tan asidua. Por señas, ya que de esto se trata, que me sorprendió mucho la indiferente familiaridad con que me prestó toda clase de servicios. Yo bajaba la vista por instinto cuando me mudaba las sábanas, ó las estiraba, ó me arreglaba el colchón... y ella tan tranquila, sin entornar siquiera sus pupilas verdosas. ¿Será verdad que el pudor es relativo y depende de la posición social que ocupamos y de la educación que nos dieron?
Me inclino á pensarlo, porque esta chica me trató con más desahogo durante mi mal, me cuidó con menos escrúpulos que mi hermana ó mi propia madre. Y sin embargo, al través de su tosquedad, parece inocente y mansa como el ternerillo que zagalea.