Esta sencilla exclamación, y las inflexiones de la voz, acompañadas del mirar y del reir, me hicieron comprender que Maripepa creerá más fácilmente que el río Avieiro rueda vino, en vez de agua, que yo sueñe en darle mi nombre en los altares. Ni se le pasa tal cosa por las mientes. Para ella todo esto es una diversión, una especie de romería á que concurre, y en donde baila, sabiendo perfectamente que al otro día ha de volver á sus duras faenas y á su vida miserable.

Lo que casi me da vergüenza decirte, es que, en mi concepto, el padre se ha enterado de todo y se hace el desentendido. Apenas le vemos, pues anda en labores distintas de las de su hija, y va mucho á Cebre á vender centeno al menudeo y á llevar vino á la taberna; pero cuando por las tardes nos encuentra regresando de nuestras expediciones, su sonrisa parece más aguda y socarrona que de costumbre. Además ha venido, en dos ó tres ocasiones, á pedir rebaja del arriendo, pretextando las malas cosechas, el cultivo cada día más caro y difícil, el aumento de precio de los jornales, el coste del azufre que se emplea en sanear las viñas, etc., etc. Le prometí escribir á papá, y no lo hice; á fin de reparar mi deslealtad de algún modo, le he prestado treinta duros; un caudal para mí; con él comprará unos bueyes. ¡Mis ahorros de la temporada! Bien sabe Dios y sabes tú que en mi casa no se tiran, no se pueden tirar treinta duros. Ya adivino que no les veré el pelo. Es lo que menos me importa. He regalado además un vestidito de percal á la niña pequeña, y hasta al bárbaro de Manuel una navaja. ¡Pobre gente! Quiero tenerlos propicios, para que no mortifiquen á Maripepa ni vean en mí un señorito tirano, de los que aún creerían favorecerlos dignándose darles un puntapié.

Hará tres ó cuatro días sucedió un incidente, que al pronto me ha disgustado. Era por la tarde, hacía un día sereno y hermoso, aunque el cielo estaba encapotado; Maripepa y yo nos hallábamos en la era, bien agenos á que nadie viniese á perturbar nuestra soledad. Á un lado de la era, plazoletilla redonda y rodeada de un seto de zarzas y arbustos, se levanta el hórreo, sostenido en cuatro pilastras de granito y rematado por una tosca cruz de madera pintada de rojo. Súbese al hórreo por una escalerilla de mano, y Maripepa, bajando y subiendo, había sacado de él buena cantidad de habichuelas, que iba desgranando sobre un paño limpio. Yo, tendido en el suelo, me divertía en hundir las manos en las habichuelas, blancas, encarnadas ó caprichosamente pintarrajeadas de colorines. Después se me ocurrió la sandez de tirárselas á la cara á Maripepa, y ella, que primero se contentó con sonreir y llevar la mano al sitio donde el proyectil caía, fué animándose, y en el calor de la broma me lanzó dos ó tres al cogote, pues yo estaba panza abajo. Medio me incorporé y le sujeté las muñecas, parando en abrazo lo que empezó bombardeo. De repente me quedé frío, porque de detrás del hórreo salió una figura negra, aunque juvenil. ¡El cura!

Le ví de improviso y comprendí que nos había visto también, y que estaba entre cortado y burlón. Me puse de pié y le hice todo el agasajo compatible con mi turbación, que era grande. Hallábame realmente mudo y abochornado: Maripepa no sé, porque se aplicó á sus habichuelas. Me cogí del brazo del cura para disimular, y él empezó á darme disculpas de no venir en tanto tiempo á visitarme; había tenido un catarro, había ido á Pontevedra á buscar un pintor que le pintase el retablo; había hecho una novena. Yo le oía como en sueños, pensando en lo que pensaría él. Al fin, con una de esas resoluciones que solemos tener los tímidos, me lancé y abordé la cuestión de frente, narrándole todo lo sucedido y participándole mi propósito de reparar la cometida falta. Experimenté una especie de desahogo al confesarme así. Todo me animaba á ser franco: la profesión del oyente, su juventud, su carácter alegre y conciliador, su verdadera bondad infantil.

¡Asómbrate, Camilo! Esperaba del cura, no la absolución, que no iba yo tras ella, sino una palabra de estímulo, un caluroso apretón de manos, un «bien, procede Vd. como hombre honrado, así me gusta; si todo el mundo hiciese lo mismo, no andarían las cosas como andan.» No soy insensible á la opinión de mis semejantes, y hasta donde cabe busco su simpatía; además, parece que un sacerdote está obligado á alentar ciertas resoluciones, cuando no á inspirarlas. ¡Pues asómbrate, indígnate, mira lo que hacen de la moral de Cristo estos ministros suyos! Masticó, entre burlas y veras, dos ó tres frases que sonaban más bien á desagradable sorpresa que á otra cosa; y después, con reposados meneos de cabeza y muchos golpecitos de la palma de la mano en el bolsillo del chaleco, me dijo que no me resolviese tan aprisa, que estas cosas deben mirarse y pensarse despacio, que al fin el casamiento es para toda la vida, que la prudencia es una excelente compañera, que las determinaciones precipitadas se lloran después, que ante todo le parecía regular consultar á mis padres en persona, caso de querer dar un paso tan decisivo; y por último, que reflexionase.

—¿Hay otro medio de reparar mi falta?—le pregunté.

—Psh...—me replicaba él—falta, falta... eso de falta... Falta, sí... El diablo lo enreda, Vd. es muchacho, ella rapaza, y el fuego junto á la estopa... Ya se ve... Pero prudencia, amigo, prudencia, nada de determinaciones arrebatadas... No le ha de faltar tiempo para realizar ese acto de honradez que Vd. dice... Poco pierde usted con esperar.

—¿Y su honra comprometida?

—¡Bah! ya sabe Vd. que aquí en las aldeas no es como en los pueblos... Vd. acompaña á una señorita, pongo por caso, va con ella dos veces al paseo, la visita tres... cátala ya en lenguas de todos, y perdiendo, si se ofrece, una buena colocación... Pero estas rapazas, no señor. Lo mismo se casan teniendo una historia, que no teniéndola. En fin, D. Joaquín, Vd. no es ningún chiquillo... Piénselo...

El egoísmo, la flaqueza humana, las transacciones hipócritas y cobardes con el deber hablaron por boca de este hombre, que debiera fortalecerme y predicarme la moral más austera y pura. Casi llegué ¡qué bochorno! á sonrojarme de mi leal propósito y á juzgarme un ridículo Quijote. Afortunadamente, así que el cura se marchó, me rehice y de nuevo templé el alma para seguir la línea recta. He decidido quitarme á mí propio todo medio de proceder mal, adelantando la boda. Ea, Camilo, valor, y anúnciaselo definitivamente y sin rodeos á mis padres, pues es irrevocable mi determinación ya. Sólo así, de golpe, se realizan ciertas cosas necesarias.