Al punto me hice cargo de las chanzas que iba á tener que sufrir, de todo lo que aquellas gentes se preparaban á decirme, é hice provisión de paciencia; porque, estaba visto, el cura les había informado de todo y venían dispuestos á divertirse conmigo sin misericordia. Poco me agradó la perspectiva; pero echando mano de la reflexión, me resolví á sufrir con resignación y exterior agrado cuánta matraca me diesen, apuntándola como primer partida en la cuenta del subido precio á que el mundo cobra el cumplimiento del deber. Echéme, por decirlo así, en brazos de las máscaras, y ellas comenzaron á zarandearme, unas llevándome á un rincón, otras á otro, y todas diciéndome, en sustancia, lo mismo.

Lo que me dijeron... Lo que me dijeron, Camilo, no fué lo que yo suponía, y aquí empieza la parte de confidencia que más debes olvidar de toda esta denigrante historia. Me dijeron... En fin, Camilo, yo pensaba que me atacarían por ser un Quijote, y resultó que estaba siendo un sandio; resultó que había caído en la más ridícula majadería; que juzgaba haber pisoteado una flor, y no había hecho sino recoger de la carretera la flor pisoteada ya... Y por qué piés, ¡Dios mío! ¡Por qué inmundos y villanos piés!

Sentí que toda la sangre me afluía al rostro, y bajé la cabeza, oyendo resonar en mi cerebro vacío carcajadas afrentosas; no supe qué contestar ni qué hacer; fingí serenidad y oculté la sorpresa, dándome por enterado, y ví con satisfacción acercarse la noche y á mis huéspedes prepararse á partir. Antes que lo hiciesen llamé aparte á uno de ellos, y cogiéndole la mano y oprimiéndosela con rabia, le dije:

—Si eres persona decente, asegúrame á cara descubierta eso que me acabas de contar con ella tapada.

El máscara apartó la careta y ví la faz lánguida, enjuta y grave del señorito de Limioso, que con un aire de sinceridad que hizo penetrar en mí profunda y humillante convicción, me contestó:

—Nos puede creer, Rojas, mire que no le engañamos; á fe, nos daba lástima verle tan equivocado, y nos animamos á venir hoy, más bien para sacarle las telarañas de los ojos que para pasar el rato... Ya sabíamos que se divertía con la chica; ¡cosas de la edad! adelante; nadie tiene que meterse en líos agenos; pero el cura me ha contado que Vd. le dijera que se casaba, y eso ya es gordo, amigo... ¡Ay! Déjeme limpiarme el sudor, que me sofoqué soplando en la maldita gaita.

No obstante, así que la comparsa desfiló, entró en mi ánimo la duda. ¿No podía ser aquello una cruel venganza del notario contra Maripepa? ¿No podían estar de acuerdo todos para burlarse del señorito madrileño? Y, por último, para colmo de rubor, ¿no sentía yo á Maripepa aposentada dentro de mi corazón, y no me traían los afrentosos celos, además de sangre á las mejillas, lágrimas de rabia á los candentes lagrimales?

Tiré, pues, mis líneas, tendí mis redes, esperé y observé. Me convertí en espía, me oculté y me envilecí hasta atisbar... ¡atisbar en un establo, detrás de un pesebre, recogiendo el aliento grueso y húmedo de la vaca, que rumiaba tranquila sus puñados de florida hierba! ¡Cuán poco tiempo necesité para convencerme! ¡Y yo me corría de que el notario me disputase á Maripepa! Ahora mi rival era Manuel, aquel bárbaro al cual la falta de los dedos de la mano daba un aspecto tan repulsivo.

Salí de mi escondrijo deseoso de ocultarme, á ser posible, bajo siete estados de tierra; hice la maleta y dispuse que me ensillasen el jaco para la mañana siguiente. Al traerme algunos objetos que le pedí, observé que Maripepa lloraba, limpiándose con la manga de la camisa el llanto. No pude contener un impulso de ira; la cogí por los hombros, la sacudí y la increpé. Lo confesó todo, como la cosa más natural del mundo, llorando franca y apaciblemente. Manuel es su prometido hace dos ó tres años. Si no se han casado ya, es que no hay cuartos para el grosero ajuar y la comida de boda. He desempeñado papel más lucido de lo que pensaba, pues realmente aquí el engañado fué ese bestia de Manuel. Metí la mano en el bolsillo y saqué todo el dinero que tengo, menos el preciso para el viaje; saqué también el reloj y se lo eché en el regazo á Maripepa. Después la empujé suavemente hacia la puerta. Me parece que esperaba alguna caricia de despedida; pero ya no me sería posible ni tocarle amorosamente al pelo de la ropa. La ví salir, y me quedé abismado. ¡Quién sabe lo que hubiera sido para mí esta mujer, nacida en distinta condición, educada no diré de otro modo, sino de algún modo! Tal vez la más leal de las esposas—de seguro una de las más amantes.

Al día siguiente (hoy), monté temprano, fuí al Pazo de Limioso á apretar la mano del señorito bajo unas parras que entoldan su blasonada puerta, pasé por Naya y seguí á Cebre, despidiéndome con sendos abrazos del cura y del notario, y llegué á Pontevedra á las cinco de la tarde. Estoy escribiéndote porque ya no he cogido el coche que sale á Tuy. Lo cogeré mañana, me detendré un día en Oporto, y veinticuatro horas después de recibir ésta, repito que puedes ir á esperarme á la estación.