Tal era el enajenamiento de Antonia, que ni reparó en que la puerta de su cuarto bajo no estaba sino entornada. Sin soltar de la mano al niño, entró en la reducida estancia que le servía de sala, cocina y comedor, y retrocedió atónita viendo encendido el candil. Un bulto negro se levantó de la mesa, y el grito que subía á los labios de la asistenta se ahogó en la garganta.

Era él; Antonia, inmóvil, clavada al suelo, no le veía ya, aunque la siniestra imagen se reflejaba en sus dilatadas pupilas. Su cuerpo yerto sufría una parálisis momentánea; sus manos frías soltaron al niño, que aterrado se le cogió á las faldas. El marido habló:

—¡Mal contabas conmigo ahora!—murmuró con acento ronco, pero tranquilo; y al sonido de aquella voz, donde Antonia creía oir vibrar aún las maldiciones y las amenazas de muerte, la pobre mujer, como desencantada, despertó, exhaló un ¡ay! agudísimo, y cogiendo á su hijo en brazos, echó á correr hacia la puerta. El hombre se interpuso.

—¡Eh... chst! ¿Á dónde vamos, patrona?—silabeó con su ironía de presidiario.—¿Á alborotar el barrio á estas horas? ¡Quieto aquí todo el mundo!

Las últimas palabras fueron dichas sin que las acompañase ningún ademán agresivo, pero con un tono que heló la sangre de Antonia. Sin embargo, su primer estupor se convertía en fiebre, la fiebre lúcida del instinto de conservación. Una idea rápida cruzó por su mente; ampararse del niño. ¡Su padre no le conocía, pero al fin era su padre! Levantóle en alto y le acercó á la luz.

—¿Ese es el chiquillo?—murmuró el presidiario. Y descolgando el candil, llególo al rostro del chico. Este guiñaba los ojos, deslumbrado, y ponía las manos delante de la cara como para defenderse de aquel padre desconocido, cuyo nombre oía pronunciar con terror y reprobación universal. Apretábase á su madre, y ésta, nerviosamente, le apretaba también, con el rostro más blanco que la cera.

—¡Qué chiquillo feo!—gruñó el padre, colgando de nuevo el candil.—Parece que lo chuparon las brujas.

Antonia, sin soltar al niño, se arrimó á la pared, pues desfallecía. La habitación le daba vueltas al rededor, y veía unas lucecicas azules en el aire.

—Á ver, ¿no hay nada de comer aquí?—pronunció el marido.