Gracias á lo cual llegaron al buque y les pudimos ver ascendiendo sobre cubierta. No sé si nos pesaba ó no el habernos quedado allí sin probar el salvamento. ¡Los muertos ya estaban en paz, y los salvados... qué felices! El buque aquel tampoco se detenía; era necesario aguardar á que Dios nos mandase otro, y resistir como pudiésemos todo el tiempo que tardase. Es verdad que nuestro San Gregorio aún podía durar. Al fin era un gran vapor de línea, con su cargamento, y daba qué hacer á las llamas. El caso era refugiarse en alguna esquina para no perecer asados.

Al capitán se le ocurrió la idea de trepar á la cofa del gran árbol de hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó él poder mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su jaula. Yo, que le ví acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.

—No suba Vd., capitán; ¿pues no ve que el palo se tiene que doblar en cuanto se ponga candente?

El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas al rededor del palo, estudiando su resistencia. Creo que si más pronto le anuncio la catástrofe, más pronto sucede. ¡El árbol... pim! se dobló de pronto, lo mismo que el dedo de una persona, y, arrastrado por su peso, besó el suelo con la cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba cerca, un alambre candente de la plataforma le cogió el pié por cerca del tobillo, y se lo tronzó sin sacarle gota de sangre, haciendo á un tiempo mismo la amputación y el cauterio: respondo de que ningún cirujano se lo cortaba con más limpieza.

Le levantamos como se pudo, y colocando un sofá al extremo de la popa, le instalamos del mejor modo para que estuviese descansado. Se quejaba muy bajito, entre dientes, como si masticase el dolor, y medio le oí: ¡Mi pobre mujer! ¡mis hijitos queridos, qué será de ellos! Pero de repente, sin más ni más, empezó á gritar como un condenado, pidiendo socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas estábamos! Ya el fuego había llegado á la cámara, y á pesar del ruido de la tormenta, oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la vajilla. Entonces el desdichado comenzó á rogar, con palabras muy tristes, que le echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad á bordo, mandó que le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no había cosa que atarle: y él, que al mismo tiempo estaba sereno, recordó que en la bitácora existe una barra muy gruesa de plomo, porque allí no puede entrar hierro ni otro metal que haga desviar la aguja imantada. Por más que nos resistimos, fué preciso arrancarla, y colgársela del cuello: y como el peso era grande y le obligaba á bajar la cabeza, tuvo que sostenerlo con las dos manos, recostándose en el respaldo del sofá. Como llevaba en el bolsillo su rewólver, lo armó, y suplicó que le permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar después. ¡Naturalmente que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el día se calmaría la tormenta, y algún barco de los muchos que cruzaban nos salvaría á todos. Le porfiábamos y le hacíamos reflexiones de que el mayor valor era sufrir. Por último, desmontó y guardó el rewólver, declarando que lo hacía por sus hijos nada más. Se quejó despacito y se empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pié que le faltaba. ¡Querrá Vd. creer que anduvimos tras del pié por toda la cubierta y no pudimos cumplirle aquel gusto?

Después del lance del capitán, ocurrió el del oficial tercero, y se me figura que de todos los horrores de la noche fué el que más me afectó. ¡Lo que somos, lo que somos! Nada: una miseria. El tercero era un joven que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del viaje. La quería muchísimo ¡vaya si la quería! Como que en el viaje anterior le trajo de Manila preciosidades, en pañuelos, en abanicos de sándalo, en cajitas, en mil monadas. No obstante... ó por lo mismo... en fin, qué sé yo! Desgracias y flaquezas de los mortales... el pobre andaba triste, preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me convencerá de que lo que hizo no lo hizo queriendo, porque ya lo tenía pensado de antes y porque le pareció buena la ocasión de realizarlo. Sino, ¿qué trabajo le costaba intentar el salvamento con el señorito de Armero? Ya determinado á morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos, podía suceder que en el esquife consiguiese librar la piel. Bien, no cavilemos. Él no dió señales de pretender combatir el fuego y mientras nosotros manejábamos el caballo y soltábamos mangas de agua contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él quietecito y como atontado. Al marcharse el señorito de Armero, le llamó á la cámara, para entregarle su reloj,—un reloj precioso, con tapa de brillantes—y dos sortijas muy buenas también, encargándole que se las llevase á su novia como recuerdo y despedida. Lo que yo digo: el hombre se encontraba resuelto á morir. Luégo subió á popa, y le ví sentado, muy taciturno, con la cabeza entre las manos. Á dos pasos me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:

—Cocinero, ¿tiene Vd. ahí un cigarro?

—Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del chaquetón... Pero éste tiene tabacos, de seguro...—añadí, señalando á un camarero que estaba allí cerca.—¿Querrá Vd. creer que el bruto del camarero se resistía á meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro? Animal—le grité—no seas tacaño ahora; ¿de qué te servirá el tabaco si vamos todos á perecer?—En vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El tercero lo encendió, y daría, á todo dar, tres chupadas: á cada una le veía yo la cara con la lumbre del cigarro: un gesto que ponía miedo. Á la tercer chupada, acercó á la sien el rewólver, y oímos el tiro. Cayó redondo, sin un ay.

Nadie se asustó, nadie gritó: casi puedo decir que nadie se movió: estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo el capitán preguntó desde el sofá:—¿Qué es eso? ¿qué ocurre?—El tercero que se acaba de levantar la tapa de los sesos.—¡Hizo bien!—De allí á poco rato, murmuró:—Echarle al mar.—Obedecimos y á ninguno se le ocurrió rezar el Padre nuestro.

¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes! Figúrese Vd. que, en los primeros instantes, recogió el capitán, de la caja, seis mil duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso, ni los mirase. En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de bitácora, y se desdichaba todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese indispensable apuntar á qué altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra rareza. En todo aquel desastre, ¿quién pensará Vd. que me infundía más lástima? El perro del capitán, un terranova precioso, que días atrás se había roto una pata y la tenía entablillada: el animalito, echado junto al timón, remedaba á su amo: los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. Si seré majadero! El perro me daba más pena.