Mas ni por sepultarse en tal escondite cesó Diego de tiritar y de sentir zumbido en las sienes, y dolorosa percepción del curso de la sangre por las venas de su cerebro. Al través de la apretada rejilla, parecíale que los trágicos personajes del poema de la Pasión no estaban ya en sus andas, sino en el suelo, muy cerca de él, tocando con las murallas de leño de su guarida. Oía choque de corazas y espadas, sonar de cuentos de lanza sobre las baldosas, pasos trabajosos y desiguales, sordas imprecaciones, blasfemias cínicas, sollozos desgarradores arrancados de mujeriles pechos. Y también llególe el són de roncas trompetas y destemplados atambores, y, de tiempo en tiempo, el choque mate de un objeto pesado contra la tierra. Parecía como si cantasen un coro á telón corrido, pero con tal maestría, que cada voz se destacaba aisladamente entre las demás sin romper el concierto: Diego se apretaba la cabeza y tapábase los oídos con las manos; mas de pronto las tablas del confesonario cesaron de interponerse entre su vista y el espectáculo que adivinaba: el telón subió, y apareció la escena.
No estaba Diego ya en la capilla, ni le alumbraban los pálidos blandones, sino que se encontraba en un camino que, naciendo en las puertas de torreada ciudad, faldeaba un montecillo, trepando por él hasta empinarse á la cumbre. Hirviente multitud ondulaba en el sendero, como flexible sierpe que colea; el sol, inflamado, rutilante en su zenit, pero de luz turbia y lívida, iluminaba sin regocijarlo el paisaje. Sus reflejos arrancaban vislumbres como de fuego y sangre á las armaduras, á los yelmos, á los hierros de lanza, á las águilas posadas en los pendones de la centuria de romanos jinetes que, indiferentes y marciales, arrendando sus briosos potros, daban escolta al cortejo. Á ambos lados de la senda se enracimaban gentes del pueblo, mujeres y niños los más, que llorando y plañendo, maltratados á veces por la cohorte, se unían al grupo central de la lúgubre procesión. Formaban este grupo los hoscos sayones, los siniestros y grotescos verdugos, que bullían en torno de un hombre vestido con túnica nazarena.
Aquel hombre, cuyo rostro apenas se distinguía entre los copiosos y enmarañados bucles de su cabellera oscura, manchada de polvo y sangre, llevaba ceñida corona de espinas punzantes; sustentaba en sus hombros el árbol de enorme y pesada cruz, y sus piés descalzos y llagados pisaban dolorosamente los guijarros del camino. Apurábanle los sayones porque apretase el paso y llegase más presto al lugar del suplicio; cuál le descargaba fuerte puñada en los lomos; cuál le sacudía tremendo bofetón en la faz, ó le tiraba despiadadamente de los mechones del cabello. Diego miró con horror á los sicarios, y se lanzó hacia el grupo deseoso de socorrer á la víctima; pero al alzar la mano para abrirse paso y apartarlos, halló que rodeaba su muñeca gruesa soga, pasada al cuello del reo. Entonces convirtió la vista á sí propio, y advirtió con espanto que tenía la propia semejanza y figura de uno de aquellos feroces jayanes. Desnudos llevaba como ellos pecho y espaldas, sujeto á la cintura breve faldellín, pendiente del cinto de cuero una bolsa con martillo, tenaza y provisión de férreos clavos. Quiso entonces desasirse de la cuerda maldita; tiró, y logró solamente lastimar los lacerados hombros del reo, que exhaló suave quejido. Siguió su marcha la comitiva, y Diego, confundido con ella, mecánicamente, como paja á quien arrastran las ondas del mar. Andados algunos pasos, los piés de la víctima tropezaron en una cortante piedra, y desplomóse sobre las rodillas, abrumado por la cruz. Intentó Diego ayudarle á incorporarse, mas la soga volvió á rozar el herido cuello, y el reo á gemir.
Haciéndose cada vez más agria la cuesta, más grave el peso, aún vaciló y cayó, pero se sostuvo en las palmas de las manos; y entonces, como echase atrás la cabeza, apartáronse los descompuestos bucles, y quedó patente el rostro maltratado y escupido, los dulces labios marchitos como pisoteada flor, la bella barba ahorquillada y rizosa, la cándida frente claveteada de espinas, los serenos abismos de los ojos, que con ternura y paz miraban en torno de sí. Diego sintió como si el corazón le traspasase agudo y penetrante dardo, y las entrañas se le conmovieron y derritieron de pena. «Álzate, sigue,» vociferaban los verdugos en una lengua extraña que Diego entendía, sin embargo, y se precipitaron sobre el Nazareno para levantarle de grado ó por fuerza. Cogido Diego en el vórtice del viviente remolino, extendió también los brazos y asió del reo á tientas, según pudo entre la confusión; oyóse un clamor de agonía, contestaron á él las hijas de Jerusalem con histérico llanto, y Diego vió que las sienes de Jesús chorreaban sangre, y sintió en sus dedos un contacto blando, elástico, acariciador: enroscábase á ellos un rizo arrancado de la frente del Nazareno.
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Despertóse Diego en su lecho, rodeado de solícitos amigos, que le velaban y cuidaban desde que le encontraron sin sentido y sin pulso sobre el frío pavimento de la capilla, delante de las andas.
Ya tornaba á la vida y había en sus mejillas color, en sus pupilas luz é inteligencia. Recobrándose poco á poco, incorporado sobre la almohada, fué recogiendo lentamente los sueltos cabos de sus recuerdos, y reconstruyendo lo pasado en su mente. Ensanchó el pecho respirando con desahogo, y murmuró:
Mas en el instante mismo hubo de advertir algo delicado y sedoso, como piel de mujer, como suave pétalo de flor, que tocaba con la yema del pulgar y envolvía su dedo índice. Sus ojos quedaron fijos y dilatados, abierta su boca y paralizada su lengua. Aquella fina sortija era el rizo.