—Mire, señorito, que esto de estar enfermo (aquí un traspiés), le tiene su aquel, carraspo! Lee uno en libros, á lo mejor, que el hombre es, como quien dice, un gusano, y viene la soberbia, y replica:—No, gusano, no, que yo tengooó (ahuecó la voz enfáticamente), lo que no tiene un gusanoooó! Pero llega la enfermedad, maina mainita (y remedaba los movimientos del que se acerca muy cautelosamente á otro), y ya no se diferencia el verme del hombre... carraspo! Porque díganme: uso yo una navaja para estripar, con perdón, las tumificaciones de las vacas y otra para las personas humanas? No señor, que uso la misma, que aquí la llevo en el bolsillo (y se golpeaba con fuerza el pecho). El emplasto ó la cataplasma, ¿se misturan de otro modo? No señoóoor! Y en vista de ello...
—Resulta, señor Antón, que á usted no le parece diferente un buey de un cristiano? Eh? Usted y yo valemos tanto como un jumento?
—No sea tan materialista, señorito, carraspo!... Son poquitos los que se hacen cargo de estas cosas perfundas... ¡Hay que abrir el ojo! ¿Tiene ahí un misto? Se me apaga el condenado del pitillo. Estimando la molestia... Vamos al decir de que la gente como usted y como yo, y las bestias, dispensando vustedes, padecen de los mismos males, y en la botica no hay diferencias de remedios, y la vida se les viene y se les va del mismo modo, y todos pasan su tiempo de chiquillos, porque los perritos pequeños lloran y enredan como las criaturas, y luego á las personas humanas les llega la de andar tras de las mozas, y andan que tolean, y también los perros se escapan de casa para perseguir á las perras, con perdón, y las buscan, y riñen por causa de ellas, y las obsequian como los señoritos á las señoritas... ¡Carraspoó!
Al llegar á este punto el discurso del atador, Pedro soltó los dedos de Manuela para reir á carcajadas, y la montañesa le acompañó, sofocando la risa en la boca con la punta del pañuelo.
—Pero eso ya se sabe, señor Antón... Vaya unas noticias que da! Fresquitas!
—Poco y poco, poco y poco... (se ignora si el algebrista lo decía pensando en que el camino tenía muchas piedras y él más vino en el estómago, ó siguiendo la ilación de su tesis trascendental.) Vamos á la custión... Digo, señorito, y no miento: un hombre valerá, estamos conformes, más que los animales; pero poder... Vaya, poder, no puede más que un buey; y cuando le llega la de cerrar el ojo, aunque sepa más que el rey Salimón, lo cierra... y abur. ¿Lo cierra ó no, señorito?
—Según y conforme.... También los hay que se quedan con él muy abierto—murmuró Pedro para hacer rabiar al atador.
—Desmasiado nos entendemos...—articuló éste escupiendo, por el sitio en que algún día tuvo los colmillos, un chorro de saliva negruzca, cuya proyección cortó limpiándose el agujero de la boca con el dorso de la mano. Señorito, escuche y perdone.—¡A lo que me da que pensar, carraspo! Esto del nacer, y del morir, y del enfermarse, y del comer, y del beber ¡atención! (hizo aquí una ese más arqueada que ninguna), es un... un... un aquel que puede más que los animales y los hombres juntos, á modo de una endrómena muy grande, muy graaaande....
El algebrista tendía la mano y la giraba en derredor, señalando con amplio ademán circular la profundidad del valle de Ulloa, el anfiteatro de montañas que lo cierra, el río que espumaba cautivo en la hoz, todo lo cual se dominaba desde el sendero alto y escarpado. Pedro y Manuela, que habían vuelto á enganchar los dedos por instinto, miraban hacia donde apuntaba el viejo, tratando de comprender la idea rebozada en báquicos vapores que desde el cerebro del señor Antón descendía trabajosamente hasta su lengua.
—Tan grande—añadía extendiendo ya los dos brazos para mejor expresar la inmensidad—que me parece á mí, señorito, con perdón, que es tan grande como el mundo... ¡Más aún, carraspo!