—¡Filosofías á estas horas! ¿A ver el otro?

El otro era una edición de Salamanca de 1798; Traducción literal y declaración del libro de los Cantares de Salomón. Al lado de la portada se veía, en un grabado en madera, la faz pensativa y melancólica, la espaciosa y abovedada frente del Maestro León; debajo un emblema, un árbol con el hacha al pie y la leyenda siguiente: ab ipso ferro. La polilla se había ensañado en el volumen, recortando caprichosos calados al través de las hojas.

—Aquí tiene usted un libro curioso, el que le costó la cárcel á su autor—pensó el comandante.—Veremos si á mí me trae el sueño.

Echado ya y vuelto hacia la luz, abrió con interés el delgado volumen. Lo primero que le llamó la atención, en la primera hoja, fueron algunos garrapatos informes, que delataban la mano de un niño, y el nombre de Pedro escrito con enormes y dificultosas letrazas. Gabriel comenzó la lectura. A los pocos minutos, el interés de lo que iba leyendo le hizo insensiblemente olvidar la sed y el desasosiego nervioso; funcionó con gran actividad su imaginación y se tranquilizó su cuerpo. De dos cosas estaba pasmado el comandante, y al paso que iba leyendo, se las comunicaba á sí mismo en interior monólogo.

—¡Demonio... qué retebien escribía el fraile! Tienen razón en decir que estos moldes se han perdido... ¡Zape, zape! Y no se mordía la lengua... Vaya unos comentarios, vaya unos escolios y aclaraciones, ¡como si la cosa de por sí no estuviese bastante clara ya! ¡Mire usted que estas metafísicas acerca del beso! No, y es que ningún poeta ni ningún escritor de ahora discurriría explicación más bonita: está oliendo á Platón desde cien leguas... ¡Qué lindo! Este deseo de cobrar cada uno que ama su alma, que siente serle robada por el otro, é irla á buscar en la boca y en el aliento ajeno, para restituirse de ella ó acabar de entregarla toda... ¡Mire usted que es bonito, y endiablado, y poético, y todo lo demás que usted quiera! Ah... pues no digo nada de los detalles de... ¡Santo Dios, santo fuerte! No, lo que es este libro... Luego se andan escandalizando de cualquier cosa que hoy se escriba, que ninguna tiene ni este fuego, ni esta fuerza, ni esta hermosura, ni esta... ¡acción comunicativa! ¡Pero qué hermosura tan grande, qué lenguaje y... qué diabluras para libro piadoso...!

Se hundió completamente en la lectura, embelesado, con el alma y los sentidos pendientes del admirable cuanto breve poema. Una aspiración profana á la dicha amorosa llenaba todo su sér, y creía oir de los puros labios de la montañesita aquellas embriagadoras palabras: «No me mires, que soy algo morena, que miróme el sol: los hijos de mi madre porfiaron contra mí, pusiéronme por guarda de viñas: la mi viña no guardé...» Acabóse el libro antes que las ganas de leer, y el artillero apagó de un rápido soplo la luz, quedándose embelesado en dulces representaciones y en proyectos sabrosos. La sed se le había calmado del todo; la fantasía, aunque excitada por la lectura, cayó en esas vaguedades precursoras del descanso; las ideas perdieron su enlace y continuidad, se deslizaron, se hicieron flotantes é inconsistentes como el humo; Gabriel vió viñas y prados, campos de mies opulenta, un mar de mies que no concluía nunca; su sobrina le guiaba al través de él, diciéndole mil ternezas en bíblico estilo y en primorosa lengua castellana; el cura de Ulloa estaba allí, no austero y triste, sino paternal y venerable, con un jarro de agua fresca en la mano... Gabriel pegaba la boca al jarro, bebía, bebía... ¡Qué agua tan delgada, tan refrigerante y deliciosa!

Oyóse la clara y atrevida voz del gallo; un reflejo blanquecino penetró por las rendijas de las ventanas. El comandante Pardo dormía á pierna suelta.

XXIII

Se despertó muy tarde, rendido de su lucha con el insomnio. Cuando la cocinera, mocita frescachona, rubia, de buenas carnes—que desde la mudanza de estado de Sabel desempeñaba el negociado de los pucheros—le subió el chocolate á petición suya, eran cerca de las nueve y media: hora extraordinaria para los Pazos, donde todo el mundo madrugaba siguiendo el ejemplo del amo, á quien antes despertaban con la aurora sus aficiones de cazador y ahora su consagración á las faenas agrícolas.