—Si hay inmortalidad, ahí estará la pobre; en alguna de esas estrellas tan hermosas.
El firmamento parecía vestido de gala, como para rechazar toda idea de muerte y podredumbre, y confirmar las de inmortalidad y gloria. Compensando la falta de la luna que no asomaría hasta mucho más tarde, los astros resplandecían con tal magnificencia, que inducían á creer si toda la pedrería celestial acababa de salir del taller del joyero divino. Más que azul, semejaba negra la bóveda; las constelaciones la rasgaban con rúbricas de luz; algunos luceros titilaban vivos y próximos, otros se perdían en la insondable profundidad; la vía láctea derramaba un mar de cristalina leche, y Sirio, el gran brillante solitario, centelleaba más espléndido que nunca.
También el suelo estaba de fiesta. La incomparable serenidad de la noche le envolvía en un hálito de amor: las sombras eran densas y vagas á la vez: los horizontes lejanos se disfumaban en azuladas nieblas: á pesar de la mucha calma, no había silencio, sino murmurios imperceptibles, estremecimientos cariñosos, ráfagas de placer y vida; la savia antes de parar su curso y retroceder al corazón de los árboles, aprovechaba aquel minuto de plenitud del verano para saturar por completo el organismo vegetal, y lo que eran acres aromas en el monte, en el valle atmósfera verdaderamente embalsamada. La iluminación de la noche nupcial, los farolillos venecianos de las bodas, los suministraban las luciérnagas, insectos en quienes arde visiblemente el fuego amoroso...
No podía Gabriel confundir el verdoso y fosforescente reflejo de los gusanos con la pequeña llama azul que se alzó de las profundidades del cementerio, y que revoloteando suavemente le pasó á dos dedos del rostro. Bien conoció el fuego fatuo, arrancado por el calor á aquel sitio bajo y húmedo y relleno de cadáveres humanos... Con todo, sintió que otra vez se le exaltaba la fantasía, y pegó el rostro á la verja escudriñando con avidez el interior del camposanto, por si tras el fuego surgía alguna forma blanca, ni más ni menos que en Roberto el Diablo... Y en efecto... ¡Chifladura, ilusión de óptica! Calle... Pues no, que bien claro lo está viendo... Algo se alza detrás del nicho, junto á los cipreses... Algo que se inclina, vuelve á alzarse, se mueve... ¡Una forma humana...! ¡Un hombre!
Sólo tiene tiempo el artillero para adosarse al muro, al amparo de la sombra que proyecta el olivo. Rechina el cerrojo, gira la llave, se abre la verja, y sale la persona que momentos antes rezaba al pie del mausoleo de Nucha. El rezador nocturno cierra cuidadosamente la verja, hace por última vez la señal de la cruz volviéndose hacia el cementerio, y pasa rozando con Gabriel y sin verle, con la cabeza baja, cabeza blanquecina y cuerpo encorvado y humilde.
—¡El cura de Ulloa!
Se quedó Gabriel algún rato como si fuese hecho de piedra, sin darse cuenta del porqué semejante persona, en tal sitio y entregada á tal ocupación, le parecía la clave de algún misterio, uno de esos cabos sueltos de la madeja del pasado, que guían para descubrir historias viejas que nos importan ó que despiertan novelesco interés.
—¡Ahí están los suspiros y los rezos que yo oía!—pensó, encogiéndose de hombros. Si no acierta a salir ahora este buen señor, yo tendría una cosa rara que contar... y creería honradamente en una pamplina... inexplicable... ¡Ea, me he lucido con mi excursión! De Manuela, ni rastro... Verdad es que he visitado á la pobre mamita... ¡Adiós, adiós! (Volviéndose hacia la verja.) Y en realidad la caminata me ha calmado. Se me figura que esta tarde pensé mil delirios y ofendí mortalmente con la imaginación á mi sobrina. ¿Cómo ha de estar profanada, depravada, una niña que tiene aquel aire franco y sencillo y honesto á la vez, el aire y los ojos de su madre? Sé sincero, Gabriel, contigo mismo. (Deteniéndose y mirando á las estrellas.) Lo que te sucedió, que te encelaste, porque estás interesado por la muchacha... Pues amigo, eso no vale. ¿Á qué viniste aquí? ¿A salvarla, verdad? Entonces, piensa en ella sobre todo. A un lado egoísmos; si no te quiere, que no te quiera; mírala como la debió haber mirado su padre. A pedirle mañana una entrevista; á hablarle como nadie le ha hablado nunca á la criatura infeliz. Lo que tú has estado pensando allí al pie del castaño, es una monstruosidad; pero con todo, bueno es prevenir hasta el que á otros se les ocurra la misma sospecha atroz. A ti, al hermano de su madre, corresponde de derecho el intervenir. Y caiga quien caiga, y así sea preciso prender fuego á los Pazos y llevarte á la muchacha en el arzón de la silla... Digo, no; esto de raptos es niñería romántica... Pero es decir, que tengas ánimo y que no se te ponga por delante ni el Sursumcorda, ¡qué diablos! Y cuidadito cómo le hablas á la montañesa... No hay que abrirle los ojos, ni lastimarla, que después de todo... reparo deberías tener en tocarla siquiera con el aliento... y morirte deberías de vergüenza por las cosas que se te han ocurrido. ¡Pobre chiquilla! (Pausa.) ¡Qué noche tan hermosa! ¿Iré camino de los Pazos... ó lo estaré desandando? Por allí suena la presa del molino... De noche se oye muy bien... Parece el sollozo de una persona inconsolable... Sí, hacia esa parte están los Pazos; en llegando al molino, ya los veo.
El sollozo del agua le guió á una corredoira, no tan honda ni tan cubierta de vegetación como la de los Castros, pero perfumada y misteriosa cual ninguna deja de serlo en el verano, y alumbrada á la sazón por la luz suave y espectral de las luciolas, que á centenares se escondían en las zarzas ó se perseguían arrastrándose por la hierba. Tan lindo aspecto daban á las plantas las linternas de aquellos bichejos, que el artillero, al salir del túnel, se detuvo y miró hacia atrás, para gozar del fantástico espectáculo. Una línea fría le cruzó el rostro: era un tenuísimo hilo de la Virgen, y Gabriel alzó la vista hacia el matorral, queriendo adivinar de dónde salía la sutil hebra. Cuando bajó los ojos, se le figuró que al otro extremo del túnel se movía un bulto confuso y grande. El pálido resplandor de los gusanos, semejante al destello de una sarta de aguamarinas y perlas, no le consintió al pronto discernir si eran bueyes ó personas, y cuántas, lo que se iba aproximando en silencio. Gabriel, sin reflexionar, se emboscó tras las plantas, con el corazón en prensa; si alguien le hubiese preguntado entonces ¿porqué te escondes y porqué te azoras así? no le sería posible dar contestación satisfactoria. El bulto se acercó... Era doble: se componía de dos cuerpos tan pegados el uno al otro como la goma al árbol; no hablaban; ¿para qué? Él la sostenía por la cintura, y ella se recostaba en su hombro y le pasaba el brazo izquierdo alrededor del cuello. Marchaban con el paso elástico y perezoso á la vez, propio de la juventud y de la dicha avara, que regatea los minutos.
Hacía ya algunos que había desaparecido la enamorada pareja, y todavía estaba el artillero quieto, con los puños y los labios apretados, los ojos abiertos de par en par, el cuerpo tembloroso, los pies clavados en tierra como si se los remachasen, fulminado en suma por la última visión de aquella noche de verano. Al fin su pecho se dilató, como para respirar; estiró los brazos; descargó una patada en el suelo; y mandando enhoramala sus filosofías, su pulcritud de lenguaje y de educación, su cultura y su firmeza, arrojó, como arroja el caño de sangre la arteria cortada, una interjección obscena y vulgarísima, y añadió sordamente: