Los ojos azules le miraron con desconfianza, y Perucho retiró el brazo.

—Mucho estimo eso que usted dice ahora, pero mejor fuera no venirse con esos desprecios de antes... Nadie tiene cara de corcho, y la vergüenza es de todo el mundo.

—Usted lleva razón, pero yo la he perdido media hora de este aciago día... Motivo me ha sobrado para ello. ¡Oigame usted, por lo que más quiera! Por... por mi sobrina. Déme usted su palabra de que hará lo que voy á rogarle.

—No señor, no; yo no prometo nada tocante á Manola. ¿Y á qué viene mentir? Mejor es desengañarle. Lo mismo da que lo prometa que que no lo prometa. Ahora prometería, pongo por caso, no arrimarme á ella en jamás, y de contado me volvería á pegar á sus faldas. Imposibles no se han de pedir á nadie.

—No es eso... ¡Si usted no me oye...!

—¿No es nada de dejar á Manoliña?

—No... Es que me prometa usted que de lo que vamos á hablar no dirá usted palabra á nadie... ¡á nadie de este mundo!

—Corriente. Si no es más que eso...

—No más.

—Pues venga.