POR
Emilia Pardo Bazán
TOMO I
Barcelona
Daniel Cortezo y C.A-Editores
Calle de Pallars (Salón de S. Juan)
1887
Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C.ª
I
Las nubes, amontonadas y de un gris amoratado, como de tinta desleída, fueron juntándose, juntándose, sin duda á cónclave, en las alturas del cielo, deliberando si se desharían ó no se desharían en chubasco. Resueltas finalmente á lo primero, empezaron por soltar goterones anchos, gruesos, legítima lluvia de estío, que doblaba las puntas de las yerbas y resonaba estrepitosamente en los zarzales; luego se apresuraron á porfía, multiplicaron sus esfuerzos, se derritieron en rápidos y oblicuos hilos de agua, empapando la tierra, inundando los matorrales, sumergiendo la vegetación menuda, colándose como podían al través de la copa de los árboles para escurrir después tronco abajo, á manera de raudales de lágrimas por un semblante rugoso y moreno.
Bajo un árbol se refugió la pareja. Era el árbol protector magnífico castaño, de majestuosa y vasta copa, abierta con pompa casi arquitectural sobre el ancha y firme columna del tronco, que parecía lanzarse arrogantemente hacia las desatadas nubes: árbol patriarcal, de esos que ven con indiferencia desdeñosa sucederse generaciones de chinches, pulgones, hormigas y larvas, y les dan cuna y sepulcro en los senos de su rajada corteza.
Al pronto fué útil el asilo: un verde paraguas de ramaje cobijaba los arrimados cuerpos de la pareja, guareciéndolos del agua terca y furiosa; y se reían de verla caer á distancia y de oir cómo fustigaba la cima del castaño, pero sin tocarles. Poco duró la inmunidad, y en breve comenzó la lluvia á correr por entre las ramas, filtrándose hasta el centro de la copa y buscando después su natural nivel. Á un mismo tiempo sintió la niña un chorro en la nuca, y el mancebo llevó la mano á la cabeza, porque la ducha le regaba el pelo ensortijado y brillante. Ambos soltaron la carcajada, pues estaban en la edad en que se ríen lo mismo las contrariedades que las venturas.
—Se acabó...—pronunció ella cuando todavía la risa le retozaba en los labios.—Nos vamos á poner como una sopa. Caladitos.
—El que se mete debajo de hoja dos veces se moja—respondió él sentenciosamente.—Larguémonos de aquí ahora mismo. Sé sitios mejores.