El caritativo viajero salió á su vez; tiempo era ya. De la brega tenía destrozados los guantes y descompuesto el traje; con los esfuerzos, se le había coloreado la tez y animado el rostro, quitándole, como suele decirse, diez años de encima, ó mejor dicho revelando su verdadera edad, más alrededor de los treinta y pico que de los cuarenta. Aproximósele Juncal muy solícito, y al fijar los ojos en él, se echó atrás admirado.
—Usted dispense...—pronunció.—¡Soy capaz de aventurar algo bueno á que es usted de la familia de la difunta señora de Ulloa, doña Marcelina Pardo!
El viajero se sorprendió también.
—Su hermano para servir á usted—contestó.—¿Tanto me parezco?
—Facción por facción, no señor: pero el aire, es una cosa, como dicen aquí, escupida... Con que es usted...
—Gabriel Pardo de la Lage, para lo que usted guste mandar. No cree usted que ahora convendría...
—Lo que conviene es que todos los pasajeros se vengan á Cebre, y allí se curarán los heridos, y los asustados tomarán un trago y un bocado para tranquilizarse... Al mayoral y al zagal les mandaremos gente que ayude á enderezar el coche, y á llevar los caballos á la cuadra, que falta les hace también... A bien que en Cebre ya de todas las maneras tenían que mudar tiro... Hay herrero que empalme la lanza rota, y carpintero que eche un remiendo á la caja... El coche no ha sufrido grandes desperfectos... Fue más el ruido que las nueces... El que tenga que curar algo, á mi casa enseguidita... ¿Usted ha salido ileso, señor de Pardo?
—Noto un dolor en este codo... Alguna rozadura.
—Veremos... Usted no se va á la posada, que se viene á mi choza... Espero en Dios que podrá usted seguir el viaje.
—Mi propósito era bajarme en Cebre. Y en efecto me he bajado, sólo más aprisa de lo que pensé.