—¿Usted quiere ir esta tarde á casa del cura de Ulloa, sin falta? ¿No sería mejor descansar otro diita en mi choza?

—Me urge, amigo Juncal. Pero si usted por esa ojeriza que profesa al clero no quiere acompañarme...—murmuró don Gabriel risueño, limpiándose los bigotes con encarnizamiento, á fuer de hombre pulcro.

—¿Quién? ¿yo? ¿á casa del cura de Ulloa? ¡Por vida del chápiro verde! Si todos fuesen como ese... me parece que acabaría por volverme beato.

—No todos pueden ser iguales, señor don Máximo, usted bien lo sabe.

—Mire usted, natural sería que el clero... Digo, creo que les tocaba dar ejemplo á los demás.

—El clero es el reflejo de la sociedad en que vivimos. No estamos ahora en los primeros siglos del cristianismo—replicó con cierta malicia discreta don Gabriel mirando á Juncal que echaba lumbres con un eslabón para darle mecha encendida, pues á causa del viento y de las caminatas, el médico había proscrito los fósforos.

—Ríase usted de cuentos... Bien gordos y repolludos andan los tales parrocetáceos—refunfuñó Máximo empleando el vocabulario peculiar del Motín—á cuenta de nuestra bobería... Más tocino tiene el Arcipreste encima de su alma, que siete puercos cebados.

—Pues en realidad, la profesión es de las menos lucrativas que hoy se pueden seguir. ¿Por ambición, quién diablos va á hacerse clérigo? Amigo, seamos razonables. Antaño, decir canónigo era decir hombre de vida regalona y riñón cubierto; hogaño el canónigo á quien le alcanza el sueldo para comer principio y llevar manteos decentes, se tiene por dichoso. Un cura de aldea es un pobre de solemnidad: cuando más, llegará á donde llegue un labriego acomodado: á tener la despensa regularmente abastecida; y eso, para un hombre que recibió cierta instrucción y tiene por consecuencia necesidades que no tiene el labriego.... ya usted ve.... Esto lo sabrá usted mejor que yo, porque hasta ahora mi carrera me mantuvo alejado de Galicia.

—¿Es usted artillero, señor don Gabriel?

—Para servir á usted.