No era esbozo de arcada borrosa y próxima á desvanecerse, sino un semicírculo delineado con energía, semejante al pórtico de un palacio celestial, cuyo esmalte formaban los más bellos, intensos y puros colores que es dado sentir á la retina humana. El violado tenía la aterciopelada riqueza de una vestidura episcopal; el añil cegaba con su profunda vibración de zafiro; el azul ostentaba claridades de agua que refleja el hielo, frías limpideces de noche de luna; el verde se tornasolaba con el halagüeño matiz de la esmeralda, en que tan voluptuosamente se recrea la pupila; y el amarillo, anaranjado y rojo parecían luz de bengala encendida en el firmamento, círculos concéntricos trazados por un compás celestial con fuego del que abrasa á los serafines, fuego sin llamas, ascuas, ni humo.
A la vista del hermoso meteoro, aproximóse la pareja, según la costumbre inveterada en los que se quieren, de expresarlo todo acercándose.
—¡El Arco de la Vieja!—exclamó en dialecto la niña, señalando con una mano al horizonte y cogiéndose con la otra á la ropa del muchacho.
—Nunca ví otro tan claro. Si parece pintado, así Dios me salve. Chica, qué bonito!
—¡Mira, mira, mira!—chilló ella.—¡El arco anda!
—¿Que anda? Tú estás loca... ¡Ay, pues anda y bien que anda!
El arco se trasladaba en efecto, con dulce é imponente lentitud, de manera teatral. Se vió un instante la cima del Pico recortada sobre el fondo de vivos esmaltes; luego, poco á poco, el arco dejó atrás la montaña y vino á coronar con su curva magnífica la profundidad del valle. Mas ya palidecían sus tintas espléndidas, y se borraban sus líneas brillantes, dejando como un vapor de colores, delicadísimo toque casi fundido ya con el firmamento, casi velado por la humareda de las nubecillas blancas, que vagaban y se deshacían también.
II
A caminar por la carretera, fastidiosa de puro cómoda, prefirieron seguir atajos en cuyo conocimiento eran muy duchos, y aun cruzar los sembrados, desiertos á la sazón, pero donde, durante la noche entera y la madrugada, cuadrillas de mujeres habían estado segando el centeno—á las horas de calor no se siega, pues se desgrana la espiga madura.—No se daban mucha priesa, al contrario, tácitamente estaban de acuerdo en no recogerse á techado hasta entrada la noche. Apenas comenzaba á caer la tarde. El campo, fresco y esponjado después de la tormenta y el riego de las nubes, oreado por suave vientecillo, convidaba á gozar de su hermosura: cada flor de trébol, cada manzanilla, cada cardo, se había adornado el seno con un grueso brillante líquido; y grillos y cigarrones, seguros ya de que cesaba el diluvio, se atrevían á rebullirse en los barbechos, sintiendo con deleite la caricia del sol sobre sus zancas ya enjutas.
Vagaba la pareja sin rumbo cierto, cuando, casi debajo de sus cabezas, en un sendero que se despeñaba hacia el valle, divisaron una figura rara, que se movía despaciosamente. A un mismo tiempo la reconocieron ambos.