Como anticipándose á indicar el verdadero objeto de su venida, Gabriel, habiéndose quitado su sombrero hongo de fieltro, que le dejaba una raya roja en la frente, y pasándose con movimiento juvenil la mano por el cabello para arreglarlo y calados mejor los quevedos, preguntó:
—Y... ¿qué tal mi sobrina Manuela? Estoy deseando verla. Debe ser toda una mujer... ¿estará guapísima?
El marqués de Ulloa gruñó, creyendo que el gruñido era la mejor manera de contestar á lo que juzgaba cumplimiento. Al fin articuló:
—Ahora la verás... Milagro que no anda por aquí. Estarán ella y Perucho... como dos cabritos, triscando. Los pocos años, ya se ve... Cuando vamos viejos se acaba el humor... Más tengo corrido yo por esos vericuetos, que ningún muchacho de hoy en día... Pero á cada cerdo le llega su San Martín, como dicen... Todos vamos para allá—dijo apoyando su grueso mentón en el puño de su palo, y señalando con la cabeza á punto muy distante.
Gabriel se entretenía contemplando el espectáculo de la era, que le parecía, acaso por la gran plenitud de su corazón y el rosado vapor en que sabía bañar las cosas su fantasía incurable, henchida de soberana quietud y paz. La puesta del sol era de las más espléndidas, y los últimos resplandores del astro inundaban de rubia claridad la cima de las medas, convertían en cinta de oro bruñido la atadura de los haces, daban toques clarísimos de esmeralda á la copa de los árboles, mientras las ramas bajas se oscurecían hasta llegar al completo negror. Se oían los últimos pitíos de los pájaros, dispuestos ya á recogerse, el canto ritmado del pas-pa-llás! en el barbecho, el arrullo de las tórtolas, que se dejaban caer por bandadas en los sembrados, en busca del rezago de granos y espigas que allí había derramado la hoz, y la lamentación interminable del carro cargado, tan áspera de cerca como melodiosa de lejos. A trechos se escuchaba también otra queja prolongadísima, pero humana, un ala laaaá! de segadoras, y todo ello formaba una especie de sinfonía—porque Gabriel no discernía bien los ruidos, ni podía decir cuáles salían de laringe de pájaro y cuáles de femenina garganta—una sinfonía que inclinaba á la contemplación y en la cual sólo desafinaba la voz enronquecida del marqués de Ulloa.
Incorporóse éste, haciendo segunda vez pantalla de la mano.
—¿No preguntabas por tu sobrina? Me parece que ahí la tienes. ¡Vela allí!
—¿En dónde?—preguntó Gabriel, que no veía nada ni oía más que un discordante quejido, que poco á poco iba convirtiéndose en insoportable estridor.
Entre el marco que dos higueras retorcidas, cargadas de fruto, formaban á la puerta de la era, desembocó entonces una yunta de amarillos y lucios bueyes, tirando de un carro atestado de gavillas de centeno. Reparó Gabriel con sorpresa la forma primitiva del carro, que mejor que instrumento de labranza parecía máquina de guerra: la llanta angosta, la rueda sin rayos, claveteada de clavos gruesos, el borde hecho con empalizada de agudas estacas, donde para sujetar la carga, descansa un tosco enrejado de mimbres, de quitaipón. Pero al alzar la vista de las ruedas, fijó su atención un objeto más curioso: un grupo que se destacaba en la cúspide del carro, un mancebo y una mocita, tendidos más que sentados en los haces de mies y hundido el cuerpo en su blando colchón; una mocita y un mancebo risueños, morenos, vertiendo vida y salud, con los semblantes coloreados por el purpúreo reflejo del Oeste donde se acumulaban esas franjas de arrebol que anuncian un día muy caluroso. Y venía tan íntima y arrimada la pareja, que más que carro de mies, parecía aquello el nido amoroso que la naturaleza brinda liberalmente, sea á la fiera entre la espinosa maleza del bosque, sea al ave en la copa del arbusto. Gabriel sintió de nuevo una extraña impresión; algo raro é inexplicable que le apretó la garganta y le nubló la vista.