—¿Piensas que no sé bajar sola?

El descenso era casi vertical, y había que escalar paredones y tener cuidado de no desnucarse al sentar el pie sobre los guijarros; pero las cuatro piernas juveniles alcanzaron pronto al estafermo, que caminaba dibujando eses al tropezar en cualquier canto de la senda. Iba el señor Antón en mangas de camisa (por señas que la gastaba de estopa): chaqueta terciada al hombro, y un pitillo tras la oreja derecha. Los pantalones pardos lucían un remiendo triangular azul en el lugar por donde más suelen gastarse, y otros dos, haciendo juego con el de las nalgas, en las perneras; de puro cortos, descubrían el hueso del tobillo, cubierto apenas de curtida y momificada piel, y los zapatos torcidos y contraídos como una boca que hace muecas. Fuera del bolsillo interior de la chaqueta asomaba un libro empastado en pergamino, cuyas esquinas habían roído los ratones y cuyas hojas atesoraban grasa suficiente para hacer el caldo una semana.

Al sentir ruido de gente, volvió el rostro, que lo tenía mas arrugado que una pasa, más sequito que un sarmiento, y con todas las facciones inclinadas unas hacia otras, á manera de piedras de murallón que se derrumba: la nariz desplomada sobre la barba, ésta remontada hacia la boca, y las mejillas colgando en curtidos pellejos á ambos lados de la pronunciada nuez. En los pómulos parecía como si le hubiesen pintado con teja dos rosetas simétricas; los labios se le habían sumido; y de la abertura donde estuvieron partían innumerables rayitas y plieguecillos convergentes, remedando el varillaje de un paraguas. ¿Paraguas dijiste? No hay que omitir que bajo el codo izquierdo sujetaba el señor Antón uno colosal, de algodón colorado rabioso, con remates y contera de latón dorado; ni menos debe callarse que honraba su cabeza, por encima de un pañuelo de yerbas, un venerable y caduco sombrero de copa alta, de los más empingorotados y de los más apabullados también.

—Buenas tardes, señorito don Perucho y la compaña...—dijo el vejestorio al alcanzarle la pareja. Era su voz opaca y aguardentosa, pero no tan cascada como pedían sus años.

—¿A dónde va, señor Antón?—preguntó la niña.

—Para servir á vustede, señorita Manolita... ¡ahí á curar una vaca en casa de la señora María la Sabia...!

—¿Qué le duele?

—Parece ser que le ha salido, dispensando vustedes, una tumificación muy atroz en los cadriles... con perdón, carraspo, aquí donde las personas humanas tenemos el hueso llamado líaco...

—¿Un lobanillo?

—Propiamente hablando, sí, señorito, un lobanillo.