Dejóse caer la montañesa, recostada más que sentada, en el tentador ribazo.

—La hierba está blandita y huele bien...—exclamó la niña.—No hay tojos... ¡Qué ricura!

—¿A ver?—murmuró él;—y desplomóse á su vez en el ribazo, riendo y apoyándose en las palmas de las manos.

—¡Vaya! Ni un tojo para un remedio... ¡Y qué sombra de gloria! ¡Ay.... gracias á Dios! Estaba muerta.... Mira cómo sudo—añadió cogiendo la mano del montañés y acercándola á su nuca húmeda.

—¿Quieres escotar un cachito de siesta?—preguntó el mozo, mirándola con ternura.—Aquí hay un sitio que ni de encargo.... Si hasta parece que la tierra hace figura de almohada.... Yo te echaré la chaqueta para que acuestes la cabeza....

—Y tú, ¿qué haces ínterin yo duermo? ¿Papas moscas?

—Duermo también á tu ladito... Como marido y mujer. ¿No te gusta? Sí tal, sí tal.

Quitóse el chaquetón, y extendiólo con precauciones minuciosas, de modo que la cabeza de Manuela quedase cómodamente reclinada en el cojín que formaba una manga bien envuelta con el cuerpo. Enseguida se tendió al lado de la montañesa, poniéndose bajo la nuca su hongo gris, para no coger un torticolis. La hierba del ribazo era en efecto olorosa, espesa, fina, menuda, y entretejida como la lana de una alfombra de precio. Al lado de la cabeza de Manuela crecía una gran mata de biznaga, cuyos airosos tallos prolongados y blancas umbelas de flores menuditas con la punta roja en medio, parecían, al destacarse sobre el fondo azul del horizonte, un transparente obra de hábil pintor. Por efecto de la posición, le parecían á la montañesa altísimas aquellas biznagas; más altas que los montes que se perdían en los tonos vagos y vaporosos del horizonte lejano. Así se lo dijo á su compañero. Éste respondió á la observación con una sonrisa cariñosa, y dijo:

—Levanta un poco el cuerpo... te pasaré el brazo así por debajo...