Nosotros, deseosos de ilustrar como compete la opinión del lector, nos guardaremos bien de llevarle á la Pecera, frívola reunión de pollos y gallos (todavía en Marineda se dice así) desocupados y enemigos de calentarse los cascos metiéndose en honduras científicas. Para ellos, el drama de la Erbeda fué un tema de charla profana, humorística y picante. Para el Casino de la Amistad, sobre todo para cierto senado (no en el sentido etimológico de edad, sino en el simbólico de respetabilidad y cordura) el drama de la Erbeda fué muy otra cosa: dió ocasión á que se luciesen profundos conocimientos jurídicos y á que se aquilatasen y depurasen intrincados y difíciles puntos de derecho penal.

Como que allí se congregaban, asociados por la comunidad de gustos y profesiones, Celso Palmares, magistrado de la Sala de lo criminal en la Audiencia marinedina; Carmelo Nozales, fiscal de la misma; el nunca bien ponderado jurisconsulto Arturito Cáñamo, alias Siete patíbulos; D. Darío Cortés, delegado de Hacienda, persona muy ilustrada; el brigadier Cartoné, á quien no faltaba su tinturilla; y algunas veces ¡atención! el joven abogado Lucio Febrero, sobrino de un Presidente de sala muy anciano, que había muerto en Madrid. Lucio Febrero tenía fama de gran talento—de uno de esos talentos exagerados, peligrosos, revolucionarios, de los cuales se suele hablar en provincias, y aun fuera de ellas, en el mismo tono que se emplea para nombrar una caja rellena de fulminato de mercurio.... ¡qué digo!.... ¡de panclastita...!

También solían entretejerse en este círculo, de tan competentes entidades formado, otras profanísimas, que no conocían ni de vista á Justiniano, pero que (si puede decirse sin irreverencia notoria) toreaban de afición. Mirándolo bien, ¿qué pito tocaba en ciertas cuestiones el mismo brigadier Cartoné? ¿Qué sabía de leyes el director del Horizonte Galaico? ¿Qué el bueno de Castro Quintás, enriquecido con la honesta industria de fabricar bujías esteáricas? ¿Qué Ciriaco de la Luna, modelo de honrados propietarios rurales, nata y espejo de detestables poetas? ¿Qué Mauro Pareja, desertor momentáneo de la Pecera, solterón incorregible? ¿Qué Primo Cova, el sempiterno guasón? ¡Qué otros tantos como ellos podríamos citar!, y forman aquel núcleo,—renovado en algunos de sus elementos por la inevitable entrada y salida de militares y empleados, pero bastante fijo, en el fondo, para que se pueda calcular de antemano cuál género de opinión y forma de discusión prevalecerán en él.

Cuenta el Casino de la Amistad entre sus atractivos mayores el de un encristalado vestíbulo, desde el cual la mirada avizor registra muy á su gusto la arteria principal de la población, ó sea la calle llamada Mayor por antonomasia, aunque no lo sea en tamaño, sino sólo en importancia y concurrencia. No presume este vestíbulo de compararse á la Pecera, que debe precisamente su nombre á los altos cristales que, rodeándola por tres lados, la convierten en una especie de transparente caja; pero en fin, tal cual está, difícil es que á los tertulianos de la Amistad se les escape una rata, y el vestíbulo tiene bastante partido, sobre todo desde que cesa el frío y se puede tomar allí café. Los días de marejada de noticierismo, el vestíbulo rebosa, y las sillas se desbordan de sus estrechos límites, pretendiendo invadir hasta el arroyo—porque aceras, dígase la pura verdad, no las posee la calle Mayor....

La tardecita del estreno del crimen, no bajaría de treinta personas el grupo. Era aquello el grand complet. Se discutían las versiones, se depuraban, y se iba cristalizando la definitiva, la que ya no se discute. Mauro Pareja—alias el Abad—gran indiscretista, tenía noticias de la mejor tinta posible; como que acababa de echar un párrafo con Priego, el juez que había estado en la Erbeda á levantar el cadáver y á instruir diligencias. Pareja pronunciaba instruir con cierto retintín, añadiendo que no era su ánimo violar cosa alguna y menos el secreto de un sumario tan tiernecito, impúber por decirlo así; pero que seguramente, transcurridas las horas reglamentarias, se elevaría á prisión provisional la detención de la esposa y cuñado del interfecto, y se dictaría auto de procesamiento contra ambos, porque juntos habían hecho la gracia. Añadía Pareja otra noticia de interés: Priego descansara de su «penoso cometido» en la quinta de D. Pelayo Moragas, y Priego creía que Moragas estaba.... enamorado, ó punto menos, de la reo, según se deshacía en elogios de su aire modesto y simpático, el recato de sus modales y la dulzura de su rostro.

Menos que esto se necesitaba para aguzar la malicia de los oyentes. «¿Pero Moragas la conoce?—¿Qué apostamos á que le lavaba á Moragas la ropa sucia?—Claro, de la Erbeda los dos....—Un idilio....»—Todas estas chanzonetas, agridulces en los más, y sólo en alguno amargas, cesaron por encanto al ver perfilarse sobre el fondo de la venerable botica conque principia la calle Mayor, la figura á un mismo tiempo atildada y suelta, la cabeza canosa y el cuerpo juvenil y cenceño de Don Pelayo. Venía más que nunca perfilado y peripuesto, de gabán gris y chaleco blanco, de terso y fino piqué; el sombrero, algo ladeado y encajado sin descuido, los guantes prietos, en los labios la sonrisa, departiendo con una señora cliente suya, la marquesa de Veniales, á quien acababa de encontrarse sin duda. Cuando iban llegando cerca del Casino, despidióse la señora para entrar en una tienda, y Moragas, serio ya, como hombre que al quedarse solo recobra una preocupación, siguió caminando, fijos los ojos en las baldosas. Entonces Cartoné, que era campechano, le ceceó: «Moragas, psí, amigo Moragas....»

Moragas entraba rara vez en el Casino, ni en la Pecera, ni en ninguno de los círculos y sociedades de Marineda. No le sobraba el tiempo; su existencia estaba llena como un huevo, y apenas concebía el pugilato de ociosidad que congregaba, á la misma hora y en torno de la misma mesa, todos los días, á las mismas personas. Sin embargo, apresuróse á acceder á la indicación de Cartoné, y aceptó, en defecto de una taza de café, que entre horas le encalabrinaría los nervios, un sorbete, que se trajo del café más próximo, pues no tenía botillería el Casino. Y principiaron á llover sobre Moragas preguntas y bromas. «Aquí se trata de detenerle á V. como complicado en el crimen de la Erbeda.... ¿No fué su lavandera de V. la que mató al marido? Á ver, que declare el testigo D. Pelayo Moragas....»

—¡Alto!—dijo Moragas festivamente.—Ni aun como testigo me pueden á mí meter en ese berengenal. Esta mañana, cuando leí los periódicos, pensaba para mis adentros: ¿no es raro que, viviendo ella en el mismo lugar donde tengo mi huertecillo, no conozca á esa mujer? Puede que sea de las pocas de allí que yo no haya visto, ni mirado. Y no es mal parecida....