—Soy Platón. ¿No me conoces? Soy la Belleza.
¡Y acabo de ver pasar en hirviente oleada, en imperial muestra, el Renacimiento! Eso, eso, sólo eso—era el arte. No haremos nada que á eso se parezca. ¡Miserables de nosotros! Dibujo de atletas; modelado de escultores; colorido que es la sangre y la carne transportadas al lienzo; en el más sencillo objeto de uso, la vencedora hermosura, y por cima de todo, la expansión victoriosa, el himno... Una voz mofadora me susurra: “¿Cuándo has podido pensar que cabía belleza en una labriega de pies descalzos, maculados de negruzca tierra? ¿En el tiznado minero? ¿En la muchacha tísica, moribunda en el hospital?
“Dame ropajes de velludo y brocatel, cadenas refulgentes, nucas pujantes, formas estatuarias.
“Dame el cortejo de Baco, su carroza de tigres.
“¿Qué es la Naturaleza? ¡Un concepto abstracto! ¿Y tu ensueño de interpretarla fielmente? ¡Una vanidad! ¿La has de interpretar según es en sí? ¿Y cómo es en sí? ¿La has de interpretar según la ves? ¡Entonces ya la interpretas en ti!
“Y si la interpretas según la ven los maestros, lo que haces buenamente es pisar la hierba pisada.
“Ríete de esa Naturaleza pura.
“Mira este glorioso irradiar de helénica alegría que el Renacimiento derramó en el mundo.