¿Y Rubens? Cuando me acuerdo de mis pastelitos, de mis cochinas cromotipias, y pienso en la carne flamenca de Rubens, me daría de cabezadas contra la pared. Materia, materia; esplendor de la carne: y arrodillarse y adorarlo.
El realismo de Rubens es más brutal que si nos presentase gente pobre y famélica. Sus hombres sanguíneos, de barba terciopelosa, y sus mujeres de senos de manteca y nalgas rosa te, eran gente rica y bien alimentada; y así quisiera yo desnudar y pintar á la high-life. Afuera tules. La carne, compacta, fresca; albérchigos y pavías. Verano de la vida; y por debajo de esa piel tan bruñida y elástica, y por esas venas (¿no es triste que no tenga venas la gente que yo retrato?), por esas venas, circulando, el hierro y el calor de los siete pecados capitales.
De todo esto saco en limpio... poca cosa: que quisiera ser Velázquez, Goya ó Rubens, ¡un nene! ¿Qué soy? Nada. Un farsantuelo; y ni aun mis farsas puedo hacer. Porque ¿quién va á venir á retratarse en esta calle sospechosa, en este taller desmantelado, sin un trapo antiguo, sin un sitial coquetón, sin alfombra... sin estufa?
No: estufa la habrá mañana, ¡viven los cielos!
Hoy tirito. La noche cae, y como no he de comer—no era la digestión del boa, era la indigestión,—no salgo; me quedo en mi rincón, me refugio en la alcoba, envuelto en mi poncho gaucho, que me sirve de manta de viaje y de cama. Me siento mal, muy mal; parece que dentro del estómago tengo una barra de plomo; la cabeza me duele... Trataré de dormir. Á cerrar los ojos, á no acordarse de nada. ¡Qué nuca y qué hombros los de la Hilandera! Lo asombroso de Goya, el misterio de las pupilas de sus retratos: tienen húmedo radical... Bueno, ahora lo de ene: bascas, escalofríos... ¿Si enfermaré de veras?... ¡No me faltaba más que eso!
Quebrantado aún (¡qué indigestión, señores! ¡Yo creo que fué de admiración más que de otra cosa! Es bobo y ocioso admirar á los que ya pasaron; ¡arte nuevo, nuevo!), voy á la Sociedad de Acuarelistas á dibujar. Empiezo á conocer algunos del oficio; muchachos como yo, tal vez con las mismas esperanzas que yo. ¡Puede que no tan quiméricas! Les veo que fuman, ríen, hablan de mujeres,—piensan con ahinco en algo más que el arte.—Hay uno, sin embargo, rabioso, emberrenchinado como yo: se profesa impresionista (¡qué diablura!) y se llama Solano. Tiene unos ojos que giran, que miran azorados, insensatamente: ojos de raposo cogido en la trampa.
Me han preguntado mis proyectos. No les he contado palabra de verdad. Me daba vergüenza confesarles que espero á que las bellas señoras me hagan con sus deditos una seña: “Retrátanos... y que salgamos arrebatadoras, celestiales”. ¿Y si, además, por encima de todo, ¡humillación doble!, ni aun eso encontrase; ni aun le comprasen al charlatán sus mentiras, su agua de rosa y su blanquete?
Á bien que saldré de dudas pronto. Las de Dumbría me escriben que antes de principios de Diciembre llegan.
Entretanto, como no debo perder tiempo, y como la labor de noche en la Sociedad no me basta y quisiera aprovechar algo las mañanas, que me paso tumbado en el diván leyendo ó haciendo castillos en el aire—me determino á llamar una modelo y un modelo. Cuestan, pero no hay cosa mejor para formarse la mano y adelantar en estudios útiles—una mano, una pierna, la cabeza, el torso.
Por suerte, en la tienda de marcos, donde me surto de lienzos, pinturas, pinceles, un caballete mecánico—comprendo que no se darán prisa á pasar la cuenta. Les he insinuado que los meses de Navidad y primeros de año no son á propósito para pagos, y en seguida comprendieron: deben de estar acostumbrados, por su clientela de artistas, á morosidades. Y si no, ¿cómo me las arreglo? Porque parece que no son nada estas fornituras—tubitos, frasquitos, pinceles, palitroques,—y sólo el caballete representa un desembolso de treinta y cinco duros. El amigo que me he echado en la Sociedad, un chico paisajista, Marín Cenizate, que me ha tomado un apego decidido y se dedica á aconsejarme y protegerme, al saber mis adquisiciones me dice que anduve precipitado; que como la miseria siempre, y ahora más, es tan acuciosa entre nuestros compañeros, en el Rastro y en las casas de préstamos encontraría por cuatro cuartos el caballete y las cajas. No le quise responder: “es que la tienda no me cobra ahora, y lo de lance se pagará al contado”. La penuria de dinero, á veces, obliga á gastar doble.