El Doctor Mariano Luz Irazo, á la Señora Vizcondesa de Ayamonte, en Madrid.

Berlín

Clara querida, allá voy. Salgo mañana: y no salgo hoy mismo, porque debo despedirme de mis colegas y de algunas personas que me han dispensado atenciones. Lo dejo todo; me falta tiempo para llegar junto á ti. Eres en este momento mi enferma de más peligro.

¡Casarte! Ahí es nada, criatura... ¿De modo que mientras yo preparaba sueros en la clínica, tú adoptabas esa resolución insignificante? ¡Y pensar que no se me pasó por las mientes que esto tenía que suceder, que el día en que fantaseases hacer un bien muy grande á alguien con la entrega de libertad, hacienda y persona, no serías tú quien se privase del gustazo de la inmolación! ¡Es tan delicioso el frío del cuchillo á la garganta!

Allá voy. Lástima no poder ir en globo. Voy, no á imponerme, sino á cumplir el deber de observar y exponerte lo observado. Veremos qué artista genial, qué hombre “el más desinteresado del mundo” es ese. Sí que abundan los desinteresados. No te enfades conmigo, tirana, si una vez más me viese precisado á pisarte con suela doble las florecillas de la ilusión. Hasta pronto; te quiere tanto el padrino, que por abrazarte antes manda á paseo sin protesta sus alquimias endiabladas. Tuyo,

Mariano


Marzo.—En el taller de Silvio, á las tres de la tarde de un día marzal, de esos de cielo azul agrio y frío puntiagudo, acaban de entrar dos damas, cuyo saludo seco y altanero, en contestación al obsequioso del retratista, evidencia cierto espíritu agresivo. El origen del mal temple de las señoras se descubre por la exclamación de la más alta, la marquesa de Camargo:

—¡En qué calle vive usted!... ¡Qué escalerita!

La malicia ya afinada de Silvio interpretó. Á las señoras bien tratadas por la naturaleza, había él notado que no las molestaba el trecho de calle equívoca que era preciso cruzar á pie para llegar á la casa. Pasaban retadoras ó reservadas, provocando ó desdeñando el dicharacho procaz de las mujerzuelas. En cambio, las clientes de incierta edad y escasos atractivos llegaban siempre al taller irritadas contra la calle y la subida, enviborado el genio por las desvergüenzas oídas al abandonar el coche protector. “Habré de mudarme” pensaba Silvio; y en alto: