Casandra.—La compasión, como un cuchillo que hiere sin lastimar, me atraviesa las entrañas. Tus males ya son míos. Extranjero, aquí encontrarás asilo y defensa hasta que la mala suerte se canse de perseguirte.

Belerofonte.—No se cansa. Como loba rabiosa, va tras de mí en las tinieblas. Pero aproxímate, y espantaré de la memoria el dolor. Pena olvidada es sombra sin cuerpo. Traigo para tu noble padre un mensaje de Preto, y quisiera entregárselo.

Casandra.—Ya se acerca.

ESCENA III

Dichos, Yobates

Yobates.—¿Conoces tú á este extranjero, Casandra?

Casandra.—Hijo es de Glauco. Viene de la corte de Antea, y te trae letras de Preto.

Yobates.—Salud á ti. ¿Dónde está el mensaje?

Belerofonte.—Recíbelo (le entrega las tabletas unidas). Me ha encargado que lo abras á solas. Sin duda encierra altos secretos.

Yobates.—Cumpliré el encargo. ¿Qué hacías tú en el palacio de mi yerno? ¿Por qué no te quedaste al lado de tu padre, aprendiendo á sujetar corceles sin freno ni brida?