Encogiéndome de hombros, sigo hacia mi casa—sin prisa—. En la plazuela trabajan, á estas altas horas, obreros del alcantarillado y del Canal. Según parece, su labor no puede interrumpirse. Un arroyo de agua helada corre bajo sus pies. Para no quedarse hechos unos carámbanos, han encendido un brasero, al cual por turno se arriman, resoplando y estirando las manos engarrotadas. Para impedir que los transeúntes sufran percances, han colgado un farolito avisador sobre los adoquines arrancados y apilados. Antes que dedicarse á tal labor, ¿no preferiría yo... otra cosa? Será que ellos también, como las coristas que desafinaban hace una hora en Apolo, entienden que la vida es
muy rica y buena,
prenda divina
de encantos llena...?
Un poco más adelante—tropiezo que pudiera ser divertido—avanzan por la acera, pegadas al caserío, recelosas, dos mujeres no mal vestidas, pulcramente calzadas. Las reconozco: son las modistas del tercero de mi casa, muchachas de San Sebastián, que han venido á establecerse en Madrid. Suelo encontrármelas en la escalera. La mayor es agraciada, fresca aún, á pesar del trabajo y del sedentarismo. La menor es coja; su pierna desigual la hace pegar saltos de codorniz, asaz ridículos. Emparejo con ellas y las ofrezco mi compañía: se me antoja saber si resuelven que la vida es buena. Ellas suponen que voy con otro fin, fin condenable y gustoso. La mayor se atribuye la conquista; la coja, en su humildad de lisiada, nunca imagina que tales cosas vayan con ella. Para entrar en materia, las pregunto si están contentas de Madrid y qué tal marchan sus negocios.
—Regular. Por ahora, no sabemos... ¡Las señoras son tan raras! Hasta que nos acostumbremos á sus caprichos...
De dónde venían?—¡Casualidad más sorprendente! Del mismo teatro que yo, sólo que á la salida unas amigas las habían convidado á chocolate... ¿El estreno? Bonito; música muy animada.
—¿Y qué opinan ustedes de eso de que la vida es buena? Pilita... Manola... ¿Están ustedes contentas de haber nacido?
La pregunta fué contestada con risas y dichetes. Creían que bromeaba, y no se quedaban atrás. Probablemente (después se me ha ocurrido) estas dos abejas cuyo dardo es la aguja no se encuentran desgraciadas. Yo sí que me encontré cándido al elegir para mi indagatoria tales sujetos. A fin de desviar la conversación, las dirigí unos cuantos requiebros insulsos, antes de dejarlas á la puerta de mi domicilio. Subir con ellas de bracero, era una pacheca insoportable, y preferí callejear un poco todavía.
No sé qué tienen, en las horas que preceden al amanecer, sobre todo en invierno, cuando la noche es más noche, las calles de una capital populosa. Detrás de las imponentes puertas de los palacios; detrás de las ventanas, parecidas á ojos que dejaron caer sus párpados al adormirse,—¡qué infinito de misterio! ¿Por qué esta suspensión de la vida, en toda la ciudad á la vez?—La multitud recogida en sus dormitorios, míseros ó confortables, ¿no está realmente como si hubiese muerto? ¿No es cada alcoba, cerrada y tibia, una antesala del sepulcro? Y este silencio, esta paz letal de la noche, ¿no es el único período delicioso, dulce, apacible de las veinticuatro horas que tejen el giro diurno?
Cuando, por casualidad, el trasnochador se cruza con otro trasnochador, ¿no sienten los dos un movimiento de desconfianza, de medrosa curiosidad? Sólo velan y sólo ambulan fuera del nicho de sus dormitorios las almas perdidas por la miseria, por la delincuencia ó por el amor clandestino. Si veo á un trasnochador derrotado, mendigo ó malhechor; si á un burgués bien trajeado, de tapabocas, subido el cuello del gabán, amante oculto. Y el caso es que yo no soy lo uno ni lo otro, y también vago, transido y envarado de frío ya, de ese frío matinal, tórpido, que no es como el del anochecer, porque se complica con el agotamiento nervioso, cansado por el insomnio.—Esta reflexión me hace detenerme al pie de la blanca fachada, correcta, tranquilizadora, del teatro Real.—¿Qué hago en las calles, dando diente con diente? ¿No tengo mi alcoba, tan silenciosa, tan recogida, mi cama tan cómoda, de dorado bronce, con un sommier y un colchón que convidan á tenderse en ellos, con un edredón relleno de plumón de ánade, que halaga sin pesar, que al apoyar en él la palma, brinca y se hunde fofo para volver á erguirse inflado?
—¿Cuántos me lo envidiarían?—pensé; pero al iniciar la retirada hacia mi agujero, me faltó fuerza de voluntad y seguí calle del Arenal adelante. Una transparencia lívida se difundía en el firmamento: el amanecer.—La iglesia parroquial abría sus puertas para la primera misa. Subí la escalera, crucé el atrio, me deslicé en la sacristía penumbrosa,—y por una puertecilla entré en la nave. El contacto de la recia estera fué simpático á mis pies, que, á pesar de la caminata, eran dos montones de granizo. En un rincón, un banco se ofreció á mi fatiga; me dejé caer en él; y, sin ser poderoso á resistir, rendido, exánime, cedí á un letargo repentino, de esos que saltean al jinete sobre su montura, al timonel con la mano en la caña.