El tono era seco; la palabra rebotaba en los labios, donde una espumilla iracunda se disolvía quizás...

No conforme, Annie se dedicó, entre otros deportes, al de sorprendernos á Rafael y á mí. No habiéndole yo fijado por qué parte de la campiña debía excursionar, con maravilloso olfato adivinaba la dirección de mis paseos, y se nos aparecía cuando menos lo pensábamos, vestida corto de franela tennis, gorra con insignias de algún club británico, palo de alpinista, y el pie cautivo, sin malicia aparente, en botitos recios y planos. Su figura moderna, atrevida, exótica, componía sobre el fondo de los pinos ancestrales, ó al lado del caduco dolmen con barba de musgo. Nos saludaba; dirigía alguna observación al niño: «Baby, estáis sofocado, no os paréis.—Vais sucio; permitid que os limpie la cara un poco...»; y ante mi silencio, erizado de retraimiento, se retiraba, no sin haber declarado el aspecto del paisaje a very charming one...

Apariciones análogas hacía Solís. Estas me molestaban menos. El futuro preceptor ejercía sobre mí el atractivo de su complicada alma, de su psicología laberíntica. ¿Sería cierto que buscaba la emoción suprema, aquella en que el hombre se hombrea con el Creador deshaciendo su obra?

La tez de Solís, que el aire libre y la brisa salitrosa empezaban á tostar; los labios, algo menos descoloridos, pero siempre contraídos por triste gesto; las facciones irregulares, de expresión huraña—no revelaban que estuviese del todo reconciliado con la dura obligación de arrastrar el vivir. Sentía yo á veces impulsos de provocar sus confidencias, y no quería seguirlos, porque era demasiado atrayente para mí el enigma de aquel espíritu, y si me enfrasco en él, adiós la sana delicia de mis paseos con el niño, adiós la sedación disfrutada á su lado, preocupándome de sus antojos, respirando con infatuación de ídolo el incienso del culto que me tributa... Lo repito, soy su divinidad. Alma nueva, creyente, y á la cual todavía no se le ha inculcado principio alguno, su necesidad de venerar y de esperar la satisfago yo. Echados al pie del vasto pino musical, donde el hondo soplo marino zoa y brúa—dos onomatopeyas regionales que no tienen equivalente en castellano, tal vez porque en Castilla no se abrazan los pinos y las costas—, el niño, al encontrar mi cabeza al alcance de sus manos de manteca y de su boca de guinda, se apodera de mí, y me cierra los párpados á caricias, repitiendo en monótono sonsonete y en jerga anglohispana:

Father bonito, father bueno, father mono, father rico, father santo, father guapo, father que manda en todos, en todos, en todos...

De mi absoluto poder tiene tal idea, que me dice, la víspera de una excursión que le anuncio:

—¿Y mandarás que no llueva, eh, father? Que haga buen weather—sonríe y chapurrea, volviéndose hacia miss Annie para desenojarla.

En su anhelo de ser querido por todos, el chiquitín adivina el rencor mudo de la institutriz, y no cesa de aplacarla con zalamerías... Ella no se doblega, no se amansa. Conserva su agravio en vinagre—como suelen estas naturalezas estrictas, esclavas de un contrato, pero ocultamente ambiciosas...

XIII

El desquite, el triunfo de miss Annie, es la hora del baño de mar. El niño, entonces, la pertenece por completo, y, al principio, no sé si calculadamente, la inglesa se opuso á que yo presenciase de cerca este rito sacro; porque, desde lejos, no habría modo de impedirlo. Yo me impuse.—El playazo donde se baña Rafael es mío; forma parte de la posesión. Lo cercan altos áloes, formidables—que se crían aquí y echan su pitón de oro, como si estuviésemos en alguna tierra africana.—Miss Annie entra en el agua con su alumno. En vano Solís, angustiosamente, tercamente, ha reclamado para sí el privilegio de bañar á Baby. ¿Qué le importa? ¿Por qué insiste?.. ¿Acaso?.. Estemos sobre aviso.—Y, para forzar la tensión, excluyámosle de la playa.