He aquí lo que me murmuró tu boca helada; el aire que me trajeron tus alas invisibles:

Se me figura que mi corazón, aquel corazón hastiado, recocido en todos los amargores de mi siglo, curtido en egoísmo, me lo han sacado del pecho. Fuiste tú quien me lo arrancaste de allí, con tus deditos hoyosos, cortos, menudos; me lo quitaste como se quita un insecto venenoso de la ropa de un ser querido, para que no le muerda, ni le dé grima, y lo sacudiste y lo aplastaste, y en el sitio de aquel corazón de cordobán, me pusiste uno de carne humana, reblandecido en llanto, confitado en humildad, transverberado por la herida del arrepentimiento...

¿Será verdad? Corazón, respóndeme. ¿Eres tú el desesperado que andaba perdido de amor romántico por la Seca, y corría tras ella, con perversión de potencias y sentidos?

No; aquél no eres. Aquél era viejo, y se habrá deshecho en ceniza. He aquí que tengo un corazón virgen, joven, sangrante, limpio como una hostia. Un corazón que se ha curado de las aberraciones de la muerte y también de las concupiscencias de la vida. Un corazón resignado, apiadado, leal, que sólo desea expiar y arrodillarse para que lo levanten del suelo, ó, si no merece tanto, lo dejen en él...

He aquí que me complazco en postrarme, quebrantada la dura cerviz de mi soberbia, asqueado de mi sensualidad, avergonzado de mi dureza, fuera del laberinto de complicaciones miserables en que se perdió mi espíritu... He aquí que me siento sencillo, pequeño, bienaventurado...

En esta noche decisiva, me veo claramente, veo el horror de lo que fuí; veo mi gangrena y mi laceria, ocultas bajo apariencias de elegancia moral; veo en mí, en el yo de antes, al loco satánico, perverso, al sembrador de odio, al jardinero que cultiva dolores, al vaniloquio que se alzaba más arriba de sus hermanos y compañeros en el breve tránsito... Y me pesa, me pesa, me pesa tres veces, y mis lágrimas lo repiten, cayendo como perlas de mansedumbre, sobre la ropa y el cuerpo del Niño que hizo el milagro en mí.

A cada lágrima, la Seca se aleja un paso: sus canillas suenan más apagadamente en los peldaños de la escalera... La Negra se marcha escoltada por su paje rojo, el Pecado; derrotada, destronada... impotente...

¡Oh Tú, á quien he ofendido tanto! Dispón de mí: viviré como ordenes, y me llamaras cuando te plazca... Pero no me abandones! Tu presencia es ya Tu perdón...