—Lo que él no tiene es gana de verte el pelo.
Amparo dejó caer la cabeza sobre el pecho, y su rostro se anubló con expresión tal de desconsuelo y enojo, que Ana la miró compadecida.
—Si algún día... si pronto... viene la república... la santa federal... ¡así Dios me salve, Ana... lo arrastro!
Ana se echó a reír con su delgada risa estridente.
—No seas tonta, mujer... no seas tonta... ¡para divertirlo y darle un mal rato no tienes que aguardar por república ni repúblico!
—¿Que no?
—¿Sabes lo que yo había de hacer? Pues esto mismo. Coger papel y pluma.... ¿Conoce tu letra?
—Nunca le escribí.
—Mejor. Pues escribirle a la de García una carta bien explicada, para que no se deje engañar por él.
—¿Un anónimo? ¡Quita allá!