—Creo... que sí.
—¿Qué sientes, mujer?
—Frío, mucho frío... y sueño, un sueño que me dormiría de pie... pero al mismo tiempo rabio por andar... ¡qué rareza!
—¿Aviso a la señora Pepa?
—No... qué vergüenza.... Jesús, mi Dios.... Ana querida, no la avises.
—¡Qué remedio, mujer! ¿Sigue eso?
—Sigue... ¡infeliz de mí, que nunca yo naciese!
—Acuéstate sobre la cama....
Con su viveza ratonil, Ana arropó a la paciente, y ya se dirigía a la puerta, cuando una quebrantada voz la llamó.
—Llévale la cascarilla a mi madre... dile que me duele la cabeza... no le digas la verdá, por el alma de quien más quieras....