—¿Esa? Una santa... y no le hacen caso ninguno. La segunda, idéntica a su madre: le preguntaron un día con quién se había de casar, y dijo: «Con el tío Isidoro, que es rico». ¡El hermano de su padre, aquel viejo gordo, que parece una tinaja!
Guardiana soltó el trapo a reír con la mejor voluntad del mundo: Amparo, acordándose de una frase leída en un periódico, exclamó:
—¡Pero ha de poder tanto el vil interés!—Y meneando la cabeza, añadió—: Lo diría de broma, mujer.
—¡Sí, sí... buena broma te dé Dios! En esa familia todos son iguales, mujer; cortados por una tijera. Pues no digo nada del señorito, de tu adorador. Hace la rosca a la chiquilla de García, una empalagosa que no piensa más que en componerse y no sabe dar una puntada; pero el asunto es que se la hace por lunas, porque esas de García.... ¿No te gusta el cuento?
—Sí, mujer—gritó la oradora amostazada—. ¿Piensas tú que estoy muerta por semejante muñeco? Vaya, que me das gana de reír. Cuenta, mujer, que también se pasa el tiempo.
—Digo que le hace la rosca por lunas, porque esas de García tienen allá un pleito en Madrid, de no sé qué intereses del marido, que era corredor y se metió en una sociedad por acciones... en fin, no será así, pero es lo mismo. Si ganan, quedarán millonarias o poco menos, y cuando hay esperanzas de eso, la madre del de Sobrado le manda que se arrime a la doña Melindritos, y cuando viene de Madrid una mala noticia, que se desaparte.... ¡Uy, qué tipos!
Amparo, con la cabeza baja, enrollaba a más y mejor, febrilmente. Guardiana se hacía cruces.
—Es una una pobre...—murmuraba—. Es una una pobre, y no lo haría aunque le diesen....
—¿Y el otro?—siguió la implacable Comadreja que estaba ya resuelta a vaciar el saco—. ¿Y el amigote, el de los bigotazos, que parece que habla dentro de una olla?
—¿El que le llaman Borrén?