—¡Tú dormiste en el camino, avariciosa! Imposible que a tu casa llegases. Tanto madrugar, y tanto madrugar, y luego no hacedes ni medio cigarro, en tó el día, que mismo no sabedes menear los dedos, que mismo los tenedes que parecen chorizos, que mismo Dios os hizo torponas, que mismo....

Aquí ya la sorna y flema de las interpeladas tocaba a su fin, y respondían coléricas, pero entre dientes:

—¿Y luego? Cada uno se vale como puede, y vusté tendrá otras rentas, y más otros señoríos... y ganaralo de otra manera diferente, y Dios sabe cómo será... que yo no lo sé ganar sino trabajando, hija.

—Yo lo gano con tanta honra como usté... y no injuriar a nadie.

—Calle usté, que empezó. Yo no le dijen cosa mala.

—¡Avarientas, rañas, ahorcádevos por un ochavo!

—¡Sinvergüenzas!—replicaban furiosas las campesinas.

—¡Servilonas, carlistas!—contestaban las ciudadanas, ya en actitud agresiva.

—¡Malvadas, que echades contra Dios!—rugían las insultadas. Y en medio del tumulto se oía el agudísimo ¡ayyy!, de una mujer, a la cual manos furibundas intentaban arrancar de un solo tirón la trenza entera de sus cabellos. Por espacio de diez segundos imperaban la confusión y el desorden, y había empujones, pellizcos convulsivos, arañazos, violentos repelones; pero apenas iban aproximándose a las cercanías de la Fábrica, donde el severo reglamento prohibía los escándalos, cesaba el griterío, comenzaba el torrente femenil a precipitarse dentro del patio, y restablecíase la paz, ya que no la serenidad interior, en la fiel imagen abreviada de la nación española.