—¡Hola... picarón! ¿Esas tenemos, y tan calladito?
—Usted mismo me la enseñó y me habló de ella.... La chica del barquillero.
Borrén chasqueó la lengua contra el paladar.
—¡Yaaaá lo creo! ¡Toma, toma! ¡Pues si es una joyita, hombre! ¡Caramba con usted y cómo lo gasta! ¿No se lo decía yo a usted, eh?
—Debo advertir que por ahora no hay nada. No se eche usted a maliciar ya.
—Principio quieren las cosas, hombre.
Hablaban así al atravesar una calle principal, cuando de pronto les llamó la atención el corro de gente parada a la puerta de una sociedad de recreo. Dentro del marco de las iluminadas ventanas se veían agitarse figuras negras que gesticulaban animadamente, y detrás de ellas medio se columbraba una mesa servida con copas, botellas y dulces. A veces se dibujaba sobre el fondo de luz la silueta de una mano que alzaba una copa, y el clamor que seguía al brindis era delatado por el retemblido de los cristales.
—El Círculo Rojo—dijo Borrén—. Están obsequiando a los delegados de Cantabria.
—¡Llegar por mar ahora mismo y tener humor para correrla!—exclamó el teniente—. ¡Lástima de naufragio!
—¿A usted qué le parece de estas algaradas, Sobrado?