—¡Hola... señora Porcona!—exclamó dirigiéndose a una que parecía tener los párpados en carne viva y los labios blancos y colgantes, con lo cual hacía la más extraña y espantable figura del mundo—. ¿Hola... cómo le va? ¿Cómo están esos parientes? Tú no sabes—añadió volviéndose a Amparo—que la señora Porcona es parienta, muy parienta, del señor de las Guinderas, aquel tan rico que tiene dos hijas y vive en el Malecón y viene aquí a veces: y él se empeña en negarlo y en no darle un ochavo; pero ella se lo ha de ir a cantar a las hijas el día que vayan más majas por el paseo. ¿Verdá, señora Porcona?
—Yyyy... y es como el Evangelio, hiiigas...—contestó una voz temblona como el balido de la cabra, y aguardentosa además.
—Explíquenos el parentesco, ande—sugirió Amparo prestándose a la broma de su amiga.
La vieja alzó sus manos sarmentosas, se las pasó por los sangrientos ojos, y con muchas oscilaciones del labio inferior:
—Aunque.... Diiios en persona estuviese allí—pronunció señalando a uno de los gigantescos panes de tabaco—, yo no he de contar mentira. Oíd, espectadores del caso. Es de saber que el padre del padre de mi madre, o quiérese decir mi bisabuelo, digo, el abuelo de mis padres, era cuñado carnal, o quiérese decir, medio hermano de la abuela de la madre política del señor de las Guinderas.... De modo y manera es, que yo vengo a ser parienta de muy cerquita, por la infinidá de la sangre....
—Y es mucha picardía que no le den siquiera un realito diario para aguardiente—sugirió malignamente la Comadreja.
—¡Aaaa... guardiente!—clamó la vieja acentuando el trémolo—. ¡Diera Diiiios pan!
—Vamos, que un sorbito ya entró.
—Ni maldiito olor dél me llegó tan siquiera: y eso que a mis añitos, hiiigas... ya os gustará calentar el estómago que se pone como la pura nieve.
—¿Qué años tendrá, señora Porcona? Sin mentir.