—¡Hombre, qué juventud tan sosa son ustedes! Parece mentira que habiendo visto lo que vimos....
—No me conviene, lo dicho; me alegraré de que me destinen a cualquiera parte. Si me quedo aquí, es fácil.... Y después, ¿sabe usted lo que es esa Fábrica? Una masonería de mujeres, que aunque hoy se arranquen el moño, mañana se ayudan todas las unas a las otras. Me desacreditarían, me crearían un conflicto.
—No le hacía a usted tan medroso.
—La verdad, Borrén; tengo más miedo a las hablillas, si cuadra, que a un balazo. Será una tontería, pero me fastidia infinito ser el héroe de la temporada.
—Vamos, hombre, franqueza. Usted también recela verse envuelto en las redes de esa chica, y tener que casarse.... Baltasar sonrió sin afectación, pero con tal señorío de sí mismo, que Borrén se encogió de hombros.
—Pues entonces....
—Por un lado, sí, lo acierta usted; soy un majadero en abrigar tales escrúpulos. Pasa uno así los mejores años de su vida, y ¿qué?, llega uno a viejo sin haber vivido....
Aquí el teniente se detuvo; una idea burlesca le impulsaba a sonreírse otra vez, pensando que el capitán se hallaba justamente en el caso de declinar hacia la edad madura sin tener que ofrecer a Dios ni qué contar al diablo. Borrén, entre tanto, aprobaba calurosamente las últimas palabras de Baltasar, las desenvolvía, las consideraba desde nuevos aspectos; en suma, soplaba para que la llama prendiese mejor. Tan bien desempeñó su oficio mefistofélico, que Baltasar convino en reunirse al día siguiente con él para meditar un plan de ataque que debelase la republicana virtud de la oradora. Pero al acudir a la entrevista, que era, por más señas, en el terreno neutral del café, Borrén conoció que Baltasar traía alguna extraordinaria nueva.
—Ya no hay necesidad de concertar planes—declaró el teniente con forzada risa—. ¿No se lo decía yo a usted? Me destinan allá... a Navarra. La cosa anda mal.
—¡Bah!... cuatro bandidos que salen de aquí y de acullá; hombre, partidillas sueltas.