—Sí, escápate, escápate...—murmuró—. Ahora bien te escapas.... Ya bajarás la soberbia cuando yo te haga falta... ¿oyes, Amparo? Cuando necesitáis a la señora Pepa, venís como corderitos.... ¡Quién te verá aquel día!, ¿eh?
—Dios delante, señora Pepa—contestó altiva y picada Amparo—, otras la llamarán más pronto, señora.
—¡Sí, sí... echar por la boca! El tiempo todo lo vense—afirmó con profético acento la comadre, cogiendo una hilera de puntos que se le había soltado al reír.
Siguió Amparo calle adelante, y llamó al tablero de Carmela la encajera; pero con gran sorpresa suya, en vez de abrirse este, se entreabrió la puerta interior que comunicaba con el portal, y se asomó Carmela animada, encendida la tez y con un júbilo nunca visto en ella.
—Entra, entra—dijo a la pitillera.
Esta entró. El cuartito estaba en desorden; recogida la almohadilla de los encajes; había un baúl abierto y ya casi colmado, y los cuadros de lentejuela y estampas devotas, que solían adornar las paredes, faltaban de ellas.
—Hola... ¿parece que vamos de viaje?—preguntó Amparo.
La respuesta de la encajera fue echarle al cuello los brazos, y pronunciar, con voz entrecortada de alegría:
—¿Luego tú no sabes, no sabes que Dios me dio la sorpresa? Ya tengo el dote, chica... me voy a Portomar a ver si me reciben allá en el convento....
—¡Ahora que dicen que se acaban las monjas!