—Señorita—exclamó el capellán con fuego—, quisiera librarla de todos los disgustos que pueda tener en el mundo, aunque me costase sangre de las venas.

—O esa mujer se casa y se va—pronunció Nucha—, o....

Interrumpió aquí la frase. Hay momentos críticos en que la mente acaricia dos o tres soluciones violentísimas, extremas, y la lengua, más cobarde, no se atreve a formularlas.

—Pero, señorita Marcelina, no se mate así—porfió Julián—. Son figuraciones, señorita, figuraciones.

Ella le tomó las manos entre las suyas, que ardían.

—Dígale usted a mi marido que la eche, Julián. ¡Por amor de Dios y su madre santísima!

El contacto de aquellas palmas febriles, la súplica, turbaron al capellán de un modo inexplicable, y sin reflexionar exclamó:

—¡Tantas veces se lo he dicho!

—¡Ve usted!—repuso ella, sacudiendo la cabeza y cruzando las manos.

Enmudecieron. En la campiña se oía el ronco graznido de los cuervos; tras el biombo, la niña lloriqueaba, inconsolable. Nucha se estremeció dos o tres veces. Por último articuló dando con los nudillos en los vidrios de la ventana: