—Bien, hombre, bien—gruñó—, dejémonos de murmuraciones.... Cada uno tiene sus defectos y sus pecados, y a Dios dará cuenta de ellos. No hay que meterse en vidas ajenas.

Don Eugenio, como si no entendiese, insistió, repitiendo cuanto acaba de oír en la cartería de Cebre, donde se bordaban con escandalosos comentarios las noticias dadas por Trampeta al gobernador de la provincia. Todo lo refería gritando bastante, a fin de que el punto de sordera del arcipreste, agravado por el viento, no le impidiese percibir lo más sustancial del discurso. El travieso y maleante clérigo gozaba lo indecible viendo al arcipreste sofocado, abotargado, con la mano en la oreja a guisa de embudo, o introduciendo rabiosamente el fusique en las narices. Cebre, según don Eugenio, hervía en indignación contra don Pedro Moscoso; los aldeanos lo querían bien; pero en la villa, dominada por gentes que protegía Trampeta, se contaban horrores de los Pazos. De algunos días acá, justamente desde la candidatura del marqués, se había despertado en la población de Cebre un santo odio al pecado, una reprobación del concubinato y la bastardía, un sentimiento tan exquisito de rectitud y moralidad, que asombraba; siendo de advertir que este acceso de virtud se notaba únicamente en los satélites del secretario, gente en su mayoría de la cáscara amarga y nada edificante en su conducta. Al enterarse de tales cosas, el arcipreste se amorataba de furor.

—¡Fariseos, escribas!—rebufaba—. ¡Y luego nos llamarán a nosotros hipócritas! ¡Miren ustedes qué recato, qué decoro y qué vergüenza les ha entrado a los incircuncisos de Cebre! (en boca del arcipreste, incircunciso era tremenda injuria). Como si el que más y el que menos de ese atajo de tunantes no tuviese hechos méritos para ir a presidio... y al palo, sí señor, ¡al palo!

Don Eugenio no podía contener la risa.

—Hace siete años, la friolera de siete años—tartamudeó el arcipreste calmándose un poco, pero respirando trabajosamente a causa del mucho viento—, siete añitos que en los Pazos sucede... eso que tanto les asusta ahora.... Y maldito si se han acordado de decir esta boca es mía. Pero con las elecciones.... ¡Qué condenado de aire! Vamos a volar, muchacho.

—Pues aún murmuran cosas peores—gritó el de Naya.

—¿Eh? Si no se oye nada con este vendaval.

—Que aún dicen cosas más serias—voceó don Eugenio, pegando su inquieta yegüecilla a la reverenda mula del arcipreste.

—Dirán que nos van a fusilar a todos.... Lo que es a mí, ya me amenazó el secretario con formarme siete causas y meterme en chirona.

—Qué causas ni qué.... Baje usted la cabeza.... Así.... Aunque estamos solos no quiero gritar mucho....