—¡Me pasmo, caramelos! ¡Me pasmo de verle con esa flema! ¿O no sabe lo que pasa?

—Yo no me apuro por cosas que están previstas. En materia de elecciones no se me coge a mí de susto.

—¿Usted se esperaba lo que ocurre?

—Como si lo viera. Aquí está el abad de Naya, que puede responder de que se lo profeticé. No atestiguo con muertos.

—Verdad es—corroboró don Eugenio, harto compungido.

—¿Y entonces, santo de Dios, a qué tenernos embromados?

—No les íbamos a dejar el distrito por suyo sin disputárselo siquiera. ¿Les gustaría a ustedes? Legalmente, el triunfo es nuestro.

—Legalmente.... ¡Toma, caramelos! ¡Legalmente sí, pero vénganos con legalidades! ¡Y esos Judas condenados que nos faltaron cuando precisamente pendía de ellos la cosa! ¡El herrero de Gondás, los dos Ponlles, el albéitar...!

—Ésos no son Judas, no sea inocente, señor arcipreste: ésa es gente mandada, que acata una consigna. El Judas es otro.

—¿Eeeeh? Ya entiendo, ya.... ¡Hombre, si es cierta esa maldad—que no puedo convencerme, que se me atraganta—, aún sería poco para el traidor el castigo de Judas! Pero usted, santo, ¿por qué no le atajó? ¿Por qué no avisó? ¿Por qué no le arrancó la careta a ese pillo? Si el señor marqués de Ulloa supiese que tenía en casa al traidor, con atarlo al pie de la cama y cruzarlo a latigazos.... ¡Su propio mayordomo! No sé cómo pudo usted estarse así con esa flema.