La cencerrada proseguía, implacable, frenética, azotando y arañando el aire como una multitud de gatos en celo el tejado donde pelean; súbitamente, de entre el alboroto grotesco se destacó un clamor que en España siempre tiene mucho de trágico: un muera.

—¡Muera el Terso!

Un enjambre de mueras y vivas salió tras el primero.

—¡Mueran los curas!

—¡Muera la tiranía!

—¡Viva Cebre y nuestro diputado!

—¡Viva la Soberanía Nacional!

—¡Muera el marqués de Ulloa!

Más enérgico, más intencionado, más claro que los restantes, brotó este grito:

—¡Muera el ladrón faucioso Barbacana!