—La niña....

—La van a matar, Julián, esas... gentes. ¿No ve usted que les estorba? ¿Pero no lo ve usted?

—Por Dios le pido que se sosiegue.... Hablemos con calma, con juicio....

—¡Estoy harta de tener calma!—exclamó con enfado Nucha, como el que oye una gran simpleza—. He rogado, he rogado.... He agotado todos los medios.... No aguardo, no puedo aguardar más. Esperé a que se acabasen las elecciones dichosas, porque creía que saldríamos de aquí y entonces se me pasaría el miedo.... Yo tengo miedo en esta casa, ya lo sabe usted, Julián; miedo horrible.... Sobre todo de noche.

A la luz del sol, que tamizaban los visillos carmesíes, Julián vio las pupilas dilatadas de la señorita, sus entreabiertos labios, sus enarcadas cejas, la expresión de mortal terror pintada en su rostro.

—Tengo mucho miedo—repitió estremeciéndose.

Renegaba Julián de su sosera. ¡Cuánto daría por ser elocuente! Y no se le ocurría nada, nada. Los consuelos místicos que tenía preparados y atesorados, la teoría de abrazarse a la cruz..., todo se le había borrado ante aquel dolor voluntarioso, palpitante y desbordado.

—Ya desde que llegué... esta casa tan grande y tan antigua...—prosiguió Nucha—me dio frío en la espalda.... Sólo que ahora... no son tonterías de chiquilla mimada, no.... Me van a matar a la pequeña.... ¡Usted lo verá! Así que la dejo con el ama, estoy en brasas.... Acabemos pronto.... Esto se va a resolver ahora mismo. Acudo a usted, porque no puedo confiarme a nadie más.... Usted quiere a mi niña.

—Lo que es quererla...—balbució Julián, casi afónico de puro enternecido.

—Estoy sola, sola...—repitió Nucha pasándose la mano por las mejillas. Su voz sonaba como entrecortada por lágrimas que contenía—. Pensé en confesarme con usted, pero... buena confesión te dé Dios.... No obedecería si usted me mandase quedarme aquí.... Ya sé que es mi obligación: la mujer no debe apartarse del marido. Mi resolución, cuando me casé, era....