—Poco.... Hará dos semanas que bajó a la parroquia.
—Ah.... Por eso.... Esto está algo... sucio, ¿no le parece? Sería bueno barrer... y pasar también la escoba por entre las vigas.
Sabel se encogió de hombros.
—El señor abad no me mandó nunca que le barriese el cuarto.
—Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a todo el mundo gusta.
—Sí, señor, ya se sabe.... No pase cuidado, que yo lo arreglaré muy arregladito.
Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián a su vez quiso mostrarle un poco de caritativo interés.
—¿Y el niño?—preguntó—. ¿No le hizo mal lo de ayer?
—No, señor.... Durmió como un santiño y ya anda corriendo por la huerta. ¿Ve? Allí está.
Mirando por la abierta ventana, y haciéndose una pantalla con la mano, Julián divisó a Perucho, que, sin sombrero, con la cabeza al sol, arrojaba piedras al estanque.