Afortunadamente profirió estos tremendos vaticinios a tiempo que la mayor parte de los párrocos se hallaban enzarzados en la discusión teológica, indispensable complemento de todo convite patronal. Liados en ella, no prestó atención a lo que el médico decía ninguno de los que podían volvérselas al cuerpo: ni el bronco abad de Ulloa, ni el belicoso de Boán, ni el Arcipreste, que siendo más sordo que una tapia, resolvía las discusiones políticas a gritos, alzando el índice de la mano derecha como para invocar la cólera del cielo. En aquel punto y hora, mientras corrían las fuentes de arroz con leche, canela y azúcar, y se agotaban las copas de tostado, llegaba a su periodo álgido la disputa, y se entreoían argumentos, proposiciones, objeciones y silogismos.

Nego majorem....

Probo minorem.

—Eh.... Boán, que con mucho disimulo me estás echando abajo la gracia....

—Compadre, cuidado.... Si adelanta usted un poquito más nos vamos a encontrar con el libre albedrío perdido.

—Cebre, mira que vas por mal camino: ¡mira que te marchas con Pelagio!

—Yo a San Agustín me agarro, y no lo suelto.

—Esa proposición puede admitirse simpliciter, pero tomándola en otro sentido... no cuela.

—Citaré autoridades, todas las que se me pidan: ¿a que no me citas tú ni media docena? A ver.

—Es sentir común de la Iglesia desde los primeros concilios.