—La yegua—respondió Primitivo sin alzar la voz—no sirve para el camino.

—¿Por qué razón? ¿Puede saberse?

—Está sin una ferradura siquiera—declaró serenamente el cazador.

—¡Mal rayo que te parta!—vociferó el marqués echando fuego por los ojos—. ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de que esté herrada? ¿O he de llevarla yo al herrador todos los días?

—Como no sabía que el señorito quisiese salir hoy....

—Señor—intervino Julián—, yo iré a pie. Al fin tenía determinado dar ese paseo. Lleve usted la burra.

—Tampoco hay burra—objetó el cazador sin pestañear ni alterar un solo músculo de su faz broncínea.

—¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?—articuló, apretando los puños, don Pedro—. ¿Que no... la... hayyy? A ver, a ver.... Repíteme eso, en mi cara.

El hombre de bronce no se inmutó al reiterar fríamente.

—No hay burra.