Sorprendióse el marqués y miró a su montero con desconfianza. Jamás perdonaba Primitivo la ocasión de acompañarle, y extrañaba su retraimiento entonces. Por la imaginación de don Pedro cruzaron rápidas vislumbres de recelo; y como si Primitivo lo adivinase, probó a disiparlo.
—Yo tengo ahí que atender al rareo del soto de Rendas. Están los castaños tan apretados, que no se ve.... Ya andan allá los leñadores.... Pero sin mí, no se desenvuelven....
Encogióse de hombros el señorito, calculando que acaso Primitivo se proponía ocultar en el soto la vergüenza de su derrota. No obstante, como creía conocerle, hacíasele duro que abandonase la partida sin desquite. Estuvo a punto de exclamar: «Acompáñame». Presintió resistencias, y pensó para su sayo: «¡Qué demonio! Más vale dejarle. Aunque se empeñe, no me ha de cortar el paso.... Y si cree que puede conmigo...».
Fijó sin embargo una mirada escrutadora en las escuetas facciones del cazador, donde creía advertir, muy encubierta y disimulada, cierta contracción diabólica.
—¿Qué estará rumiando este zorro?—cavilaba el señorito—. Sin alguna no escapamos. ¡No, pues como se desmande! Me coge hoy en punto de caramelo.
Subió don Pedro a su habitación y volvió con la escopeta al hombro. Julián le miraba sorprendido de que tomase el arma yendo de viaje. De pronto el capellán recordó algo también y se dirigió a la cocina.
—¡Sabel!—gritó—. ¡Sabel! ¿Dónde está el niño, mujer? Le quería dar un beso.
Sabel salió y volvió con el chiquillo agarrado a sus sayas. Le había encontrado escondido en el pesebre de las vacas, su rincón favorito, y el diablillo traía los rizos entretejidos con hierba y flores silvestres. Estaba precioso. Hasta la venda de la descalabradura le asemejaba al Amor. Julián le levantó en peso, besándole en ambos carrillos.
—Sabel, mujer, lávelo de vez en cuando siquiera.... Por las mañanas....
—Vámonos, vámonos...—apremió el marqués desde la puerta, como si recelase entrar junto a la mujer y el niño—. Hace falta el tiempo.... Se nos va a marchar el coche.