Diciendo y haciendo, cogió la escopeta, apuntó a cualquier parte, y disparó. Volaron hojas y pedazos de rama de un roble próximo, aunque ninguna codorniz cayó herida.

—¡Marró!—exclamó el señorito fingiendo gran contrariedad, mientras para sí discurría: «No era bala, eran postas.... Le quería meter grajea de plomo en el cuerpo.... ¡Claro, con bala era más escandaloso, más alarmante para la justicia. Es zorro fino!».

Y en voz alta:

—No vuelvas a cargar; hoy no se caza, que se nos viene la lluvia encima y tenemos que apretar el paso. Marcha delante, enséñanos el atajo hasta Cebre.

—¿No lo sabe el señorito?

—Sí tal, pero a veces me distraigo.


[-IX-]

Como ya dos veces había repicado la campanilla y los criados no llevaban trazas de abrir, las señoritas de la Lage, suponiendo que a horas tan tempranas no vendría nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo a abrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas. Así es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo, que les decía campechanamente:

—¿A que nadie me conoce aquí?