—¡Qué borregas! ¡Marías Remilgos! A ver cómo abrazáis todas al primo, inmediatamente.
La primera que se adelantó a cumplir la orden fue la mayor. Al estrecharla, don Pedro no pudo dejar de notar las bizarras proporciones del bello bulto humano que oprimía. ¡Una real moza, la primita mayor!
—¿Tú eres Rita, si no me equivoco?—preguntó risueño—. Tengo muy mala memoria para nombres y puede que os confunda.
—Rita, para servirte...—respondió con igual amabilidad la prima—. Y ésta es Manolita, y ésta es Carmen, y aquélla es Nucha....
—Sttt.... Poquito a poco.... Me lo iréis repitiendo conforme os abrace.
Dos primas vinieron a pagar el tributo, diciendo festivamente:
—Yo soy Manolita, para servir a usted.
—Yo, Carmen, para lo que usted guste mandar.
Allá entre los pliegues de una cortina de damasco se escondía la tercera, como si quisiese esquivar la ceremonia afectuosa; pero no le valió la treta, antes su retraimiento incitó al primo a exclamar:
—¿Doña Hucha, o como te llames?... Cuidadito conmigo..., se me debe un abrazo....