—Rita es una gran moza...—decía éste explayándose—. Parece sana como una manzana, y los hijos que tenga heredarán su buena constitución. Serán más fuertes aún que Perucho, el de Sabel.
¡Inoportuna reminiscencia! Julián se apresuraba a replicar, sin meterse en honduras fisiológicas:
—La casta de los señores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios....
Una noche cambiaron de sesgo las confidencias, entrando en terreno sumamente embarazoso para Julián, siempre temeroso de que cualquier desliz de su lengua desbaratase los proyectos del señorito, y le echase a él sobre la conciencia responsabilidad gravísima.
—¿Sabe usted—insinuó don Pedro—que mi prima Rita se me figura algo casquivana? Por el paseo va siempre entretenida en si la miran o no la miran, si le dicen o no le dicen... juraría que toma varas.
—¿Que toma varas?—repitió el capellán, quedándose en ayunas del sentido de la frase grosera.
—Sí, hombre..., que se deja querer, vamos.... Y para casarse, no es cosa de broma que la mujer las gaste con el primero que llega.
—¿Quién lo duda, señorito? La prenda más esencial en la mujer es la honestidad y el recato. Pero no hay que fiarse de apariencias. La señorita Rita tiene el genio así, franco y alegre....
Creíase Julián salvado con estas evasivas, cuando, a las pocas noches, don Pedro le apretó para que cantase:
—Don Julián, aquí no valen misterios.... Si he de casarme, quiero al menos saber con quién y cómo.... Apenas se reirían si porque vengo de los Pazos me diesen de buenas a primeras gato por liebre. Con razón se diría que salí de un soto para meterme en otro. No sirve contestar que usted no sabe nada. Usted se ha criado en esta casa, y conoce a mis primas desde que nació. Rita.... Rita es mayor que usted, ¿no es verdad?