Conteniendo un sollozo, exclamó Nucha:

—Fuese quien fuese.... Con las señoritas no se hacen estas brutalidades.

—Hija mía, tu señora hermanita me buscó..., y el que me busca, que no se queje si me encuentra.... Ea, no haya más, no estés así disgustada. ¿Qué va a decir de mí el tío? Pero ¿aún lloras, mujer? Cuidado que eres sensible de veras. A ver, a ver esa cara.

Alzó el candelabro para alumbrar el rostro de Nucha. Estaba ésta encendida, demudada, y por sus mejillas corría despacio una lágrima; pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonreír ligeramente y secar el llanto con su pañuelo.

—¡Hija! ¡Cualquiera se te atreve! ¡Eres una fierecita! ¡Y hasta fuerza en los puños descubres en esos momentos! ¡Diantre!

—Vete—ordenó Nucha recobrando su seriedad—. Ésta es mi habitación, y no me parece decente que te estés metido en ella.

Dio el marqués dos pasos para salir; y volviéndose de pronto, preguntó:

—¿Quedamos amigos? ¿Se hacen las paces?

—Sí, con tal que no vuelvas a las andadas—respondió con sencillez y firmeza Nucha.

—¿Qué me harás si vuelvo?—interrogó risueño el hidalgo campesino—. Capaz eres de dejarme en el sitio de una manotada, chica.