Sosegóse no obstante muy luego, y agregó:
—No me pasmo de nada de eso, ni digo que don Eugenio mienta; pero... usted... es un papanatas, un infeliz, porque aquí no se trata de Sabel, ¿entiende usted?, sino de su padre, de su padre. Y su padre le ha engañado a usted como a un chino, vamos. La... mujer ésa, bien comprendo que rabia por largarse; mas Primitivo es abonado para matarla antes que tal suceda.
—No, si también empezaba yo a maliciarme eso.... Mire usted que empezaba a maliciármelo.
El señorito se encogió de hombros con desdén, y exclamó:
—A buena hora.... Deje usted ya de mi cuenta este asunto.... Y por lo demás..., ¿qué tal, qué tal?
—Muy mansos..., como corderos.... No se me han opuesto de frente a nada.
—Pero habrán hecho de lado cuanto se les antoje.... Mire usted, don Julián, a veces me dan ganas de empapillarle a usted. Lo mismito que a los pichones.
Julián replicó todo compungido:
—Señorito, acierta usted de medio a medio. No hay forma de conseguir nada aquí si Primitivo se opone. Tenía usted razón cuando me lo aseguraba el año pasado. Y de algún tiempo acá, parece que aún le tienen mayor respeto, por no decir más miedo. Desde que se armó la revolución y andan agitadas las cosas políticas, y cada día recibimos una noticia gorda, creo que Primitivo se mezcla en esos enredos, y recluta satélites en el país.... Me lo ha asegurado don Eugenio, añadiendo que ya antes tenía subyugada a mucha gente prestando a réditos.
Guardaba silencio don Pedro. Por fin alzó la cabeza y dijo: